Bartolomé de las Casas: el conflicto de las encomiendas

Bartolomé de las Casas: el conflicto de las encomiendas
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Bartolomé de las Casas, dominico, cronista y defensor de los derechos de los pueblos originarios de América, protagonizó uno de los debates éticos más importantes del siglo XVI en torno a la legitimidad de la conquista. Su crítica al sistema de encomiendas no solo denunció los abusos cometidos por los colonizadores, sino que inauguró una línea de pensamiento teológico-jurídica que marcaría el desarrollo del derecho internacional moderno. Este ensayo amplía el análisis del papel de Las Casas en la transformación de las estructuras coloniales, incluyendo su visión filosófica del poder, el derecho de resistencia y su influencia en la teología política imperial.

Desde los primeros momentos de la colonización, el sistema de encomiendas se estableció como mecanismo de reorganización social y económica de los pueblos indígenas. Aunque en teoría pretendía ser un medio de protección y evangelización, en la práctica constituyó un régimen de explotación y despojo que institucionalizó la violencia colonial. Como indica Todorov (1984), la encomienda fue “la materialización jurídica de la negación del otro” (p. 145), un sistema que subordinaba la alteridad a las exigencias económicas del imperio.

La encomienda no fue un accidente ni un abuso ocasional, sino un componente estructural del orden colonial. A diferencia de la esclavitud formal, que fue parcialmente condenada, la encomienda se presentó como legítima por estar supuestamente enmarcada en la lógica de la “evangelización” y la “civilización” cristiana. En este contexto, Las Casas descubrió la contradicción fundamental entre el cristianismo evangélico y la praxis imperial.

La transformación espiritual e ideológica de Las Casas es uno de los procesos más significativos del siglo XVI. De haber sido beneficiario directo del sistema encomendero, pasó a ser su crítico más feroz. En sus propias palabras, tras predicar un sermón en 1514 comprendió que “aquello que se hacía a los indios era injusto, inicuo y tiránico” (Las Casas, 1992, p. 20). Esta conversión no fue simplemente moral, sino filosófico-política: puso en cuestión la legitimidad del poder español en América. Inspirado por pensadores como Francisco de Vitoria y teólogos de la Escuela de Salamanca, Las Casas adoptó una postura radical: la conquista no podía justificar el dominio político ni económico si no era voluntaria y fundada en el derecho natural. Así, convirtió al indígena en sujeto político y jurídico, portador de derechos imprescriptibles.

Las Casas articuló una crítica al colonialismo desde el derecho natural, entendiendo que la ley debe respetar la dignidad inherente del ser humano. Según su argumentación en el Tratado sobre los indios que se han hecho esclavos (1552), todo acto de sujeción por medio de la violencia es ilegítimo, incluso si es promovido por la Corona. Esto implicaba que el sistema de encomiendas carecía de fundamento legal y moral. El impacto de esta argumentación fue extraordinario. Las Casas obligó a la Corona a reconsiderar la estructura misma de la colonización. Como señala Beuchot (1994), el dominico “construyó desde la teología una antropología política igualitaria, adelantándose en siglos a las teorías modernas de los derechos humanos” (p. 63).

La promulgación de las Leyes Nuevas de 1542 fue una consecuencia directa del trabajo de denuncia y presión de Las Casas. Estas leyes introdujeron importantes cambios: prohibieron nuevas encomiendas, ordenaron su reversión a la Corona tras la muerte del encomendero y prohibieron la esclavitud indígena. Aunque su aplicación fue limitada, sobre todo en Perú, constituyen un hito en el desarrollo del derecho indiano. Las Casas tuvo un papel central en su redacción, y su influencia puede rastrearse en la reformulación de las relaciones coloniales como relaciones de protección antes que de dominio. Como apunta Zavala (1975), “por primera vez se reconocía en derecho positivo que el indio era libre por naturaleza y debía ser tratado como tal” (p. 112).

El debate de Valladolid (1550–1551) fue la puesta en escena más visible de la disputa ideológica entre dos concepciones del ser humano: la que lo define por su capacidad racional y su dignidad (Las Casas), y la que lo sujeta a la jerarquía y a la inferioridad natural (Sepúlveda). El argumento de Sepúlveda, basado en la Política de Aristóteles, defendía que los indígenas eran “esclavos por naturaleza” y por tanto susceptibles de dominación. Las Casas replicó con una serie de argumentos éticos y teológicos: el uso de la fuerza es contrario al Evangelio; los pueblos indígenas poseen organización, lengua, religión y arte; la conversión no puede ser forzada. En su defensa, invoca a San Pablo, San Agustín y Santo Tomás, y plantea que el poder no puede basarse en la coacción sino en el consentimiento. Aunque no hubo veredicto formal, el discurso de Las Casas alteró la conciencia imperial: ya no era posible justificar el dominio colonial sin atender a su legitimidad moral. En este sentido, el debate de Valladolid representa la génesis de una crítica interna a la modernidad colonial.

La obra de Las Casas no debe entenderse solo como intervención histórica, sino como anticipación de una crítica estructural al colonialismo. Su figura ha sido reivindicada por teólogos de la liberación, pensadores poscoloniales y juristas. Walter Mignolo (2007) lo considera precursor del “pensamiento fronterizo”: un saber que nace del encuentro desigual entre mundos y que cuestiona el monopolio epistemológico de Europa. En palabras de Enrique Dussel (1992), Las Casas inaugura la ética de la alteridad colonial, en la que el rostro del otro herido se convierte en fundamento de la justicia. Su legado es, por tanto, no solo jurídico, sino profundamente político y filosófico.

Bartolomé de las Casas representa una de las más poderosas voces críticas dentro del sistema imperial. Su lucha contra el sistema de encomiendas no fue una protesta marginal, sino una impugnación radical al orden colonial que anticipa, en muchos aspectos, las luchas anticoloniales del siglo XX. Al defender el derecho natural del indígena a la libertad, cuestionó las bases mismas de la soberanía imperial. En un mundo marcado aún por los efectos del colonialismo, el pensamiento de Las Casas permanece vigente como recordatorio de que ningún poder es legítimo si no reconoce la dignidad del otro. Su obra es una interpelación constante a los sistemas que, bajo ropajes civilizatorios, perpetúan formas de esclavitud, despojo y exclusión.