Cristóbal Colón: el retrato de sí mismo y el de Alejo Carpentier
Los textos de Cristóbal Colón, en especial el Diario del primer viaje (1492–1493) y las Cartas a los Reyes Católicos, están marcados por una fuerte autorrepresentación mística y providencial. Colón se presenta como un instrumento elegido por Dios para cumplir una misión escatológica: descubrir tierras que serían evangelizadas en vísperas del fin de los tiempos. “Fue el Señor quien me abrió el entendimiento: Él me dio la fe verdadera, y después me dio la gracia para ponerlo por obra” (Colón, 1493/1982, p. 57). La dimensión religiosa de su escritura no es meramente devocional, sino política: Colón busca justificar sus acciones ante la Corona y dotar de sentido trascendental a su empresa. Como afirma Todorov (1984), Colón “no descubre el Otro, sino que lo subsume dentro de su propio sistema de creencias; no interpreta, sino que impone sentido” (p. 34). Su mirada sobre los indígenas está condicionada por su marco cristiano-europeo, donde el Otro solo puede ser asimilado o destruido.
En contraposición, Alejo Carpentier desmonta esta figura heroica mediante una estructura narrativa tripartita que revela la falsedad, la teatralidad y la violencia simbólica del mito. En la sección “La sombra”, el Colón narrador recuerda su vida desde un más allá ficticio, y se nos presenta como un personaje contradictorio: ambicioso, manipulador, deseoso de títulos y reconocimiento, pero también inseguro y autocompasivo. “He sido fabricante de sombras. El espejo de mi tiempo. Mentí. Pero sin mis mentiras no habría historia que contar” (Carpentier, 1979, p. 91). Carpentier se vale de la ironía y la intertextualidad para señalar que la gesta del descubrimiento fue también una operación de propaganda y autoengaño. En su novela, Colón admite que exageró sus hallazgos, que se apoyó en la retórica mesiánica para obtener apoyo, y que su empresa desembocó en la opresión de los pueblos indígenas. Desde una lectura decolonial, este giro resulta fundamental. Como señala Mignolo (2007), “el ‘descubrimiento’ no fue un evento geográfico, sino una invención epistemológica que legitimó una visión eurocentrada del mundo” (p. 34).
En El arpa y la sombra, Alejo Carpentier desmonta esta imagen heroica para presentar a un Colón profundamente humano, lleno de contradicciones, ambición y autoengaño. El personaje aparece narrando desde un limbo imaginario, reflexionando sobre su vida y reconociendo que gran parte de su hazaña se sostiene sobre malentendidos, exageraciones y manipulaciones políticas y religiosas. Carpentier articula su crítica mediante tres partes: “El arpa” (el discurso papal que busca beatificar a Colón), “La sombra” (la confesión íntima del propio Colón), y “La carta” (la carta final que envía el Papa anulando la beatificación). En la parte central, Colón es presentado como: Un mitómano, que confunde sus delirios religiosos con realidades geográficas. Un calculador, consciente de que manipular la fe y el discurso religioso le permitirá obtener poder y legitimidad. Un hombre fracasado en lo íntimo, obsesionado por el reconocimiento, la riqueza y el título de virrey que nunca se le otorga plenamente. “Si no hubiera mentido un poco aquí, exagerado allá, no habría zarpado nunca” (Carpentier, 1979).
La imagen que Colón da de sí mismo es la de un civilizador. En sus cartas habla de los indígenas como gente dócil, apta para ser evangelizada, pero también como cuerpos útiles para el trabajo forzado. Su discurso revela la lógica de la colonización como empresa sagrada y comercial. Sin embargo, en Carpentier, la empresa de Colón aparece como el inicio de un cataclismo cultural: genocidio, esclavitud, destrucción de civilizaciones. Mientras que en los textos originales se enaltece la llegada a las “Indias” como la apertura de un mundo, Carpentier problematiza ese hecho como el comienzo del sistema colonial, del tráfico de esclavos y de la modernidad como máquina de dominación.
Los textos de Colón son documentos históricos con una clara intención persuasiva, diplomática y política. Su función es testimoniar y justificar sus acciones ante los Reyes Católicos. En cambio, El arpa y la sombra es una obra de ficción histórica, con recursos posmodernos como la metaficción, la ironía, la intertextualidad y la reescritura. Carpentier introduce la voz del Papa como crítica desde el poder religioso, pero también como símbolo de la institucionalización de los mitos, incluso cuando ya se ha revelado su falsedad. Así, lo que Carpentier propone es una reflexión sobre la fabricación de la historia, los mecanismos de canonización (tanto religiosos como seculares), y la manipulación del pasado.
Tanto Colón como Carpentier entienden que el poder reside en la capacidad de narrar el mundo. El primero lo hace desde la lógica del archivo imperial: testimonio, descripción, posesión. Su escritura es una tecnología del poder colonial que fija el territorio, clasifica al Otro y legitima la expansión (Pratt, 1992). Carpentier, en cambio, subvierte esa lógica al presentar la narrativa como fábula, como performance que desvela la artificialidad del archivo: “La historia que se repite es una historia mal escrita. Por eso yo la conté otra vez. Para devolverle su sombra” (Carpentier, 1979, p. 113). El gesto de Carpentier es profundamente Benjaminiano: en lugar de narrar la historia de los vencedores, propone un relato crítico desde las ruinas del imperio. Así, El arpa y la sombra es también un ejercicio de contraescritura.
Uno de los aportes más relevantes de la novela es su cuestionamiento del proceso de beatificación de Colón. La sección “El arpa” parodia un discurso pontificio que busca santificar al Almirante como el gran evangelizador de América. Este gesto irónico denuncia cómo el Vaticano y las instituciones occidentales han legitimado la violencia colonial bajo la forma de la fe. “¿Puede beatificarse a quien trajo la espada, el dogma y la cruz a los paganos que vivían en su orden?” (Carpentier, 1979, p. 49). Desde la perspectiva de Enrique Dussel (1992), la crítica de Carpentier se inserta en una genealogía del pensamiento latinoamericano que busca desmontar el mito de la modernidad como progreso. La modernidad europea, señala Dussel, nace no con el Renacimiento sino con la conquista de América, es decir, con la violencia fundacional que Colón encarna.
El contraste entre el Colón documental y el Colón literario permite observar no solo una divergencia en las representaciones, sino una profunda revisión crítica del legado colonial. Colón fue tanto autor como símbolo; tanto actor histórico como personaje narrado. Su figura se ha vuelto una construcción que, desde las teorías del giro decolonial, debe ser revisada críticamente para entender el entramado de poder, fe y violencia que sustenta el relato de la conquista. Carpentier no niega la importancia histórica de Colón, pero sí desactiva su sacralización. Su novela constituye una relectura desde el Sur, una tentativa de reapropiarse del relato desde una sensibilidad crítica, artística y ética que devuelva a América su voz.