Domingo Faustino Sarmiento: la escritura como acción política y el proyecto civilizatorio de la modernidad

Domingo Faustino Sarmiento: la escritura como acción política y el proyecto civilizatorio de la modernidad
Domingo Faustino Sarmiento, retratado por su nieta Eugenia BelínMuseo Histórico SarmientoBuenos Aires. (c. 1884).

La figura de Domingo Faustino Sarmiento (1811–1888) representa uno de los ejemplos más contundentes del intelectual latinoamericano del siglo XIX que articula pensamiento, literatura y acción política. En un momento de formación de los Estados-nación en América Latina, la literatura no se concibe como un mero ejercicio estético, sino como una herramienta de modelación simbólica del orden social. Sarmiento asumió plenamente esta concepción de la escritura como acto político. Su carrera —que incluyó roles como periodista, diplomático, educador, senador y presidente de la Nación Argentina— se inscribe en la lógica ilustrada que asocia el saber con el poder.

En Sarmiento, la escritura no es solo reflejo, sino vehículo de acción. A través de sus textos, plantea diagnósticos de la realidad nacional, identifica enemigos del progreso y formula un programa de transformación social que se funda en el discurso civilizatorio. En este sentido, literatura y política no son campos autónomos, sino dimensiones integradas de un mismo proyecto cultural.

Publicado en 1845 en Santiago de Chile durante su exilio, Facundo o Civilización y barbarie es el texto más emblemático de Sarmiento y uno de los pilares del ensayo latinoamericano. El libro utiliza como pretexto la biografía de Juan Facundo Quiroga, caudillo federal, para desarrollar una crítica al régimen de Juan Manuel de Rosas y a lo que Sarmiento consideraba la barbarie rural.

Más allá de su contenido biográfico e histórico, el texto construye una alegoría fundacional: Argentina se halla desgarrada entre dos polos irreconciliables. Por un lado, la civilización, encarnada en las ciudades, la educación, la ley, el trabajo moderno, la racionalidad y los valores europeos. Por otro, la barbarie, que se manifiesta en el gaucho, el desierto, el caudillismo, el analfabetismo, el atraso y el desorden.

Sarmiento no escribe desde una posición neutra. Al contrario, su retórica es combativa, enfática, profundamente ideológica. Como señala Ricardo Piglia (2015), el Facundo es una “máquina narrativa” que configura un sistema de significados donde el orden simbólico pretende legitimar un modelo de país. “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes”, afirma Sarmiento en una frase que condensa su obsesión con el orden, la ocupación del espacio y la centralización del poder (Facundo, cap. I). Así, el texto es también una poética del Estado: el escritor no solo denuncia, sino que sueña, prescribe y legisla. En esa medida, Facundo se constituye en escritura constituyente de la nación.

La preocupación por la educación es otro de los núcleos fundamentales del pensamiento sarmientino. Su célebre lema “educar al soberano” revela una concepción del pueblo como sujeto moldeable, cuya redención depende del acceso al conocimiento. En su presidencia (1868–1874), Sarmiento impulsó un ambicioso plan de alfabetización, fundó escuelas normales, promovió la formación de maestros en el exterior (principalmente en Estados Unidos), y estableció bibliotecas populares.

La educación, sin embargo, no era para él un fin en sí mismo, sino el medio por el cual una élite ilustrada podía conducir a las masas hacia la modernidad. En esto, su pensamiento no está exento de tensiones: por un lado, elogia la democratización del saber; por otro, subestima a los sectores populares y considera que deben ser dirigidos paternalmente.

Desde el punto de vista político, Sarmiento creía en una forma de republicanismo ilustrado: un gobierno representativo basado en la ley, el progreso científico y la moral pública. Su oposición al federalismo no solo era ideológica, sino geopolítica: lo consideraba un obstáculo para la centralización necesaria que permitiría ordenar y civilizar el país.

La escritura sarmientina está marcada por una pasión polémica. Su estilo mezcla géneros, rompe con las convenciones narrativas y asume una posición protagónica. El yo del autor se presenta como guía, testigo, juez y profeta. Este procedimiento estilístico le permite al escritor apropiarse del discurso de autoridad, construyéndose como sujeto legítimo del saber.

Entre los recursos formales más recurrentes están: Antítesis: especialmente civilización/barbarie, centro/periferia, ciudad/campo, Europa/América. Hipérbole: enfatiza tanto el atraso como la necesidad de cambio urgente. Interpelación al lector: busca movilizar la conciencia del destinatario, involucrarlo. Intertextualidad con textos europeos: desde Rousseau hasta Montesquieu, pasando por Humboldt. La literatura, en Sarmiento, es performativa: no solo representa la realidad, sino que la construye discursivamente. De este modo, su obra no se limita al campo literario, sino que funciona como intervención cultural y política en el proceso de conformación de la nación argentina.

Domingo Faustino Sarmiento no fue solo un escritor ni solo un político. Fue un constructor de discursos que entendió que la batalla por el poder no se libra solo en el campo militar o electoral, sino también —y sobre todo— en el campo simbólico. Su literatura está al servicio de un proyecto ideológico que busca transformar la sociedad argentina desde los cimientos.

Su legado puede ser criticado desde múltiples perspectivas —por su autoritarismo pedagógico, su eurocentrismo o su desprecio por lo popular—, pero su coherencia intelectual es innegable. Para Sarmiento, la palabra escrita no era ornamento, sino acción. Su obra anticipa las tensiones de la modernidad latinoamericana: entre ilustración y tradición, entre orden y libertad, entre nación y exclusión. En la vida de Sarmiento, escribir fue gobernar. Y su literatura, el primer borrador del Estado argentino.