Dos caminos hacia la libertad: Diferencias entre los procesos de independencia de Estados Unidos y de las provincias españolas en América

Dos caminos hacia la libertad: Diferencias entre los procesos de independencia de Estados Unidos y de las provincias españolas en América
Una de las postales que se exponen en We the spanish peopleEva García / The Legacy

La independencia de las colonias americanas fue un fenómeno clave en la historia política de Occidente durante los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, pese a desarrollarse en una cronología relativamente cercana, los procesos de emancipación de los Estados Unidos y de Hispanoamérica respondieron a dinámicas muy distintas. Mientras que la Revolución estadounidense (1775–1783) derivó en una constitución estable y la formación de una república federal, los movimientos independentistas latinoamericanos (1810–1825) estuvieron marcados por guerras civiles, caudillismo y desarticulación institucional.

Una de las principales diferencias radica en la estructura colonial previa a los movimientos de independencia. Las Trece Colonias británicas gozaban de cierta autonomía administrativa, con parlamentos locales, prácticas de autogobierno y participación en la vida política a nivel comunitario (Wood, 1991). Por contraste, las colonias españolas estaban regidas por un sistema centralizado, autoritario y burocrático, basado en el absolutismo borbónico y la figura del virrey como representante del monarca.

Según Lynch (2011), “la monarquía española había estructurado sus dominios americanos como apéndices del trono, sin permitir una evolución política autónoma”. Esta diferencia condicionó el modo en que los colonos entendieron la libertad: los británicos buscaban defender derechos adquiridos, mientras los criollos hispanoamericanos debían construirlos desde cero.

La Revolución estadounidense fue una reacción ante políticas fiscales impuestas por Londres sin representación colonial, como el Stamp Act (1765) y el Tea Act (1773), bajo el lema “no taxation without representation”. Se trataba de una disputa entre súbditos británicos y su rey, no de una revolución social.

En Hispanoamérica, en cambio, el proceso fue más complejo. Si bien existían reclamos fiscales y comerciales, la crisis de legitimidad de la monarquía española —tras la invasión napoleónica de 1808— permitió que sectores criollos comenzaran a cuestionar el orden imperial. A diferencia de los colonos anglosajones, que actuaron como una élite cohesionada, los criollos latinoamericanos enfrentaban una sociedad más jerarquizada, multiétnica y fragmentada (Chasteen, 2011).

Ambos movimientos se nutrieron de la Ilustración, pero la recepción fue distinta. Los estadounidenses leyeron a Locke, Montesquieu y Rousseau como guías para fundar una república; los criollos adaptaron estas ideas a contextos de mayor desigualdad y dominación social. Mientras Jefferson defendía la libertad individual, Bolívar debía lidiar con estructuras coloniales profundamente desiguales.

En los Estados Unidos, el liderazgo fue ejercido por una clase ilustrada y unificada: Washington, Jefferson, Franklin y Madison pertenecían a una elite letrada que compartía una visión clara del nuevo orden republicano. En América Latina, el liderazgo fue más heterogéneo y conflictivo. Simón Bolívar, José de San Martín y Miguel Hidalgo representaban intereses y visiones diferentes del proceso.

Además, en Hispanoamérica la participación indígena, afrodescendiente y campesina fue decisiva, aunque no siempre reconocida. Las independencias latinoamericanas se convirtieron en guerras sociales, donde se mezclaron luchas anticoloniales, conflictos de clase y tensiones raciales (Ternavasio, 2007). En contraste, la independencia estadounidense fue, en gran medida, una guerra entre elites y no significó una ruptura del orden social esclavista o aristocrático.

Otra diferencia clave radica en los resultados inmediatos. La independencia estadounidense culminó en la Convención Constitucional de 1787 y en la consolidación de una república federal con continuidad institucional. Pese a sus tensiones internas, como la guerra civil de 1861, Estados Unidos logró construir un aparato estatal funcional.

Las repúblicas hispanoamericanas, en cambio, enfrentaron guerras civiles, desunión y fragmentación territorial. El proyecto bolivariano de una Gran Colombia fracasó; en el Cono Sur, la unidad entre provincias fue sustituida por federalismos conflictivos. Según Halperin Donghi (2005), la gran dificultad fue “la ausencia de una cultura política común capaz de sustentar el nuevo orden republicano”.

Aunque los procesos de independencia en Estados Unidos y América Latina compartieron ciertos referentes ideológicos y aspiraciones de libertad, sus diferencias son significativas. La estructura colonial previa, la composición social, las motivaciones políticas y los resultados institucionales delinearon dos caminos distintos hacia la autonomía. Mientras Estados Unidos emergió como una república fuerte y coherente, las naciones hispanoamericanas enfrentaron dificultades prolongadas en su construcción estatal. Comprender estas diferencias no solo permite interpretar mejor el siglo XIX americano, sino también reflexionar sobre los legados políticos que persisten hasta hoy.