El relato de la conquista desde la mirada femenina
Durante siglos, el relato de la conquista ha estado dominado por una voz masculina, occidental y eurocéntrica que erigió el evento como una empresa civilizatoria y heroica. Sin embargo, en las últimas décadas, distintas autoras latinoamericanas han emprendido una labor crítica de reapropiación y relectura de este relato desde las orillas, desde la alteridad y, especialmente, desde una perspectiva femenina. Escritoras como Rosario Castellanos, Margo Glantz y Silvia Rivera Cusicanqui han rescatado la voz de las mujeres indígenas y mestizas silenciadas por la historia oficial, al tiempo que han denunciado el carácter violento, simbólico y epistémico de la colonización.
En su ensayo “La Malinche y Sor Juana: dos estrategias de escritura femenina”, Margo Glantz (2005) aborda la forma en que la historia de la conquista ha producido arquetipos femeninos —como el de La Malinche— que, lejos de expresar una subjetividad auténtica, han servido para consolidar imaginarios patriarcales y coloniales. Glantz argumenta que la Malinche no ha sido leída como una figura histórica compleja, sino como un símbolo estigmatizado de traición y pasividad, construido desde la mirada del vencedor. Al colocarla junto a Sor Juana, Glantz propone una genealogía de mujeres que interrumpen el relato patriarcal mediante la escritura, la traducción, la mediación y la resistencia simbólica. La escritura femenina, en este sentido, no sólo es una forma de participación, sino una estrategia de insurgencia epistémica.
La literatura de Rosario Castellanos también se inscribe en esta operación crítica. En Oficio de tinieblas (1962), Castellanos aborda la rebelión indígena de 1869 en Chiapas desde una perspectiva que entrelaza género, raza y clase. Los personajes femeninos —particularmente María, Cecilia y Marcela— son espacios donde se manifiestan las tensiones de una historia que ha despojado a las mujeres indígenas de voz, cuerpo y deseo. Según Andrea Pagni (2007), Castellanos subvierte el relato épico de la conquista y la colonización al desplazar la centralidad del héroe masculino y dar lugar a figuras que encarnan lo reprimido: lo femenino, lo indígena, lo marginal. La novela deviene entonces una reescritura de la historia desde la grieta, desde lo que fue negado por la historia oficial.
Silvia Rivera Cusicanqui (2010) profundiza en la crítica a la historiografía colonial y patriarcal desde una perspectiva aymara y descolonial. Su trabajo plantea que la colonialidad del poder se manifiesta no sólo en la imposición política y económica, sino también en la producción de saberes que excluyen y deslegitiman las epistemologías indígenas y femeninas. Las mujeres indígenas, en tanto cuerpos racializados y feminizados, han sido doblemente oprimidas: como sujetas coloniales y como sujetas de un sistema patriarcal.
En este sentido, la relectura de la conquista desde las mujeres implica no sólo una intervención narrativa, sino una insurgencia epistemológica y ontológica. Rivera Cusicanqui denuncia cómo incluso las ciencias sociales y los discursos progresistas han replicado una forma de “intelectual colonialismo interno” al hablar por las mujeres indígenas sin permitirles articular su propio pensamiento. Esta crítica se vincula con la noción de pensamiento fronterizo de Walter Mignolo (2007), quien propone que las epistemologías del sur, muchas de ellas encarnadas por mujeres, deben ser escuchadas no como testimonios subalternos, sino como formas legítimas de producción de conocimiento.
Una de las aportaciones más significativas de las autoras mencionadas es la forma en que el cuerpo femenino aparece como un archivo vivo de la violencia colonial. En Oficio de tinieblas, el cuerpo de María es escenario de violencia sexual, apropiación, maternidad no deseada y silencio impuesto. No es casual que los momentos más potentes de la novela estén marcados por lo corporal: el embarazo, la violación, el parto y la muerte. A través de estos episodios, Castellanos articula una historia que no se cuenta desde las batallas, sino desde las heridas, los partos forzados, los abortos y las lenguas amputadas.
Este cuerpo-colonia es también abordado en los trabajos de Rivera Cusicanqui, quien denuncia cómo las políticas de control del cuerpo —esterilizaciones forzadas, negación de saberes ginecológicos ancestrales, medicalización de la maternidad— son herencias coloniales que persisten bajo ropajes modernos. La reapropiación del cuerpo, del lenguaje y de la narrativa por parte de las mujeres indígenas constituye entonces una forma de resistencia que subvierte el mandato colonial y patriarcal.
Una característica común en las autoras analizadas es la voluntad de construir una historia coral, polifónica, que restituya la pluralidad de voces y memorias. Frente al relato unívoco de la conquista como gesta heroica, surge un relato alternativo que reconoce la complejidad del encuentro, el mestizaje como conflicto y los silencios impuestos por la violencia. Este giro coral implica también un desplazamiento de la autoría. Glantz, Castellanos y Rivera Cusicanqui abren espacios para que la voz indígena —particularmente la femenina— se exprese desde sí misma. En lugar de hablar por ellas, estas autoras intentan hablar con ellas, o bien, ceder la palabra. En este gesto radica una ética de la escucha y una política de la memoria que se resiste a la apropiación simbólica.
La relectura del relato de la conquista desde las voces de las mujeres no sólo corrige una omisión histórica: propone una transformación radical en la forma de entender la historia, la memoria y el conocimiento. A través de figuras como la Malinche, Sor Juana, María o Cecilia, las autoras latinoamericanas contemporáneas desplazan los ejes del relato fundacional, introduciendo la experiencia femenina, indígena y mestiza como centro de la reflexión. Esta revisión no es meramente literaria o académica: es una apuesta política por descolonizar el pasado y, con ello, abrir posibilidades para una historia más justa, plural y verdadera.