El Tribunal del Santo Oficio en la América Hispana y el empleo ideológico del demonio
En el contexto de la expansión imperial española en América, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición se convirtió en una de las herramientas más sofisticadas de control ideológico, moral y social. A diferencia de su versión peninsular, la Inquisición americana actuó con características particulares: estaba centrada más en la represión de desviaciones culturales que en herejías doctrinales. A través del uso de la figura del demonio, como representación de la otredad cultural y religiosa, el Santo Oficio legitimó la colonización espiritual, reprimió expresiones de saberes no occidentales y modeló subjetividades coloniales.
La Inquisición fue instaurada oficialmente en la Nueva España en 1571 y en el virreinato del Perú en 1570. Fue una institución eclesiástica con respaldo real que tenía autonomía judicial sobre los delitos contra la fe. Aunque sus procedimientos eran secretos y no incluían la pena de muerte formalmente en América (pues la justicia ordinaria la ejecutaba), su influencia era profunda y sus castigos ejemplares, especialmente mediante los autos de fe, donde se escenificaba la confesión pública, el arrepentimiento forzado o la condena a prisión o exilio (Bethencourt, 2009). Su jurisdicción abarcaba no solo españoles peninsulares, sino criollos, mestizos, indígenas, negros y esclavizados. Los delitos más perseguidos en América fueron la blasfemia, la hechicería, la bigamia, el judaísmo cripto, la lectura de libros prohibidos, la sodomía y el mantenimiento de prácticas religiosas indígenas.
El demonio como figura de control ideológico.
Desde los primeros contactos, los conquistadores eclesiásticos vieron en los dioses indígenas manifestaciones demoníacas. Los ídolos fueron destruidos con violencia ritual, las huacas andinas profanadas, y los templos nahuas convertidos en iglesias. Como afirma Duviols (1971), la lucha contra la idolatría se basó en la construcción simbólica del demonio como habitante de los cuerpos y las culturas no cristianas. Este proceso justificó la violencia cultural y permitió una colonización teológica: si el Otro era demoníaco, redimirlo era un acto de salvación.
Las mujeres, especialmente indígenas, mestizas y afrodescendientes, fueron vistas como cuerpos permeables al demonio. Muchas practicaban formas de medicina ancestral, partería o adivinación, y fueron acusadas de brujería, pactos satánicos y prácticas de hechicería. La visión de la mujer como “vaso frágil” ante el Mal –heredada del pensamiento patrístico– se aplicó con dureza en América. Casos como el de María Jacinta, indígena otomí acusada en el siglo XVII en Nueva España, revelan cómo los saberes populares femeninos fueron satanizados para suprimir la autonomía de las mujeres en sus comunidades (Martínez, 2008). Del mismo modo, las acusaciones de sodomía entre varones indígenas o afrodescendientes se interpretaban como signos de degeneración demoníaca. Se construyó así una noción de “cuerpo colonizado” que debía ser vigilado, corregido y purificado.
El Tribunal utilizaba una retórica obsesiva en sus registros, en la que el demonio era el actor central de todos los desvíos. En los archivos inquisitoriales se encuentran expresiones como “tentado por el enemigo infernal” o “ofuscado por las artes del demonio”. Esto permitía desplazar la responsabilidad moral a un ente sobrenatural, pero también señalaba al acusado como un agente corrupto del mal. En el caso de Francisco de San Gregorio, indígena tlaxcalteca acusado de idolatría en 1650, se describe cómo “los demonios le hablaban por medio de ídolos escondidos en una cueva” (AGN, Inquisición, exp. 327). La voz del demonio sustituye así la voz de los dioses precolombinos. En este proceso, la religión indígena es no solo anulada, sino reconfigurada como crimen espiritual.
El auto de fe era una ceremonia pública en la que se escenificaba el castigo y la redención. Reunía a toda la comunidad urbana y transmitía un mensaje claro: el poder de la Iglesia y la Corona era total. Los reos vestían sambenitos, llevaban velas negras y eran acompañados por clérigos que les exigían arrepentimiento. En el centro de esta teatralización, el demonio aparecía como fuerza seductora que había desviado al acusado, pero que podía ser vencida por la confesión y el castigo. Esta pedagogía del miedo modelaba la conciencia colectiva y consolidaba el poder eclesial. Era una catequesis violenta, basada en la humillación pública y la sugestión sensorial. Como ha señalado Fernando Cervantes (1994), la Inquisición fue una maquinaria “de conversión, pero también de domesticación simbólica del alma”.
El Santo Oficio también funcionó como censor de libros, de pensamientos críticos y de ideas modernas. Intelectuales criollos sospechosos de simpatizar con el protestantismo, el iluminismo o el pensamiento heterodoxo eran vigilados. La figura del demonio se desplazó entonces del plano religioso al plano ideológico: toda crítica al orden establecido era vista como obra del Mal. En este sentido, el demonio era el Otro del poder colonial: lo que no podía controlarse, debía eliminarse.
El Tribunal del Santo Oficio en América fue mucho más que un aparato represivo religioso. Fue un dispositivo de producción de subjetividades, de eliminación de saberes ancestrales y de imposición simbólica. A través de la figura del demonio, se legitimó la violencia contra los cuerpos, las culturas y las cosmovisiones no europeas. La demonología inquisitorial fue, en el fondo, una herramienta colonial que permitió moldear el alma americana bajo los parámetros de la ortodoxia católica y el poder imperial. La comprensión crítica de su función nos permite también revisar las formas actuales de demonización cultural y de silenciamiento de las otredades.