Hernán Cortés: sus acciones y crónicas
Hernán Cortés (1485–1547) representa uno de los nombres más conocidos y controversiales del proceso de conquista de América. Su papel en la derrota del Imperio mexica y la fundación del virreinato de la Nueva España ha sido interpretado de maneras radicalmente opuestas a lo largo de los siglos: desde el retrato de un genio militar visionario hasta el de un despiadado destructor de civilizaciones. Esta ambivalencia se refleja no solo en los hechos históricos, sino en la manera en que Cortés narró su propia gesta. Este ensayo se propone examinar tanto sus acciones como su legado textual, en particular sus Cartas de relación, para entender cómo se construyó su imagen como conquistador y cuáles son las aristas que lo convierten en un personaje fundamental y polémico de la historia hispanoamericana.
Las cinco Cartas de relación, enviadas por Cortés entre 1519 y 1526 a Carlos V, constituyen la fuente más importante sobre su propia visión de la conquista. Son un ejercicio temprano de autobiografía política, redactadas con el propósito de justificar sus actos, obtener reconocimiento y, sobre todo, legitimar una expedición que había comenzado en abierta desobediencia al gobernador Diego Velázquez de Cuba.
En estas cartas, Cortés aparece como un estratega astuto, un diplomático paciente y un líder providencial. Su narrativa se estructura en torno a varios ejes: el cumplimiento de la voluntad divina, la expansión de la fe católica, la grandeza del imperio azteca y su posterior sometimiento como un acto de civilización. Sin embargo, estas crónicas están profundamente marcadas por una visión eurocéntrica y utilitarista, que instrumentaliza tanto la religión como la figura del indígena. El indígena aparece ora como aliado (como los tlaxcaltecas), ora como enemigo brutal (los mexicas), pero siempre como sujeto a dominar o convencer.
Uno de los aspectos más controvertidos de la figura de Cortés es su capacidad para manipular el contexto político y cultural de Mesoamérica. Supo aprovechar las rivalidades entre pueblos indígenas, como el caso emblemático de los tlaxcaltecas, enemigos históricos de los mexicas, que se aliaron con los españoles y fueron clave para la toma de Tenochtitlan. Cortés se mostró hábil en la construcción de alianzas, pero también en la traición. El episodio de Cholula, donde orquestó una matanza preventiva de miles de indígenas que supuestamente planeaban emboscarlo, es un ejemplo de la brutalidad táctica que ejerció. Otro caso discutido es el de su relación con Malintzin (La Malinche), mujer nahua que se convirtió en su intérprete, consejera y pareja. Si bien su papel ha sido reivindicado por la historiografía moderna como una figura de mediación cultural, el uso que hizo Cortés de ella como instrumento de conquista es innegable. La caída de Tenochtitlan en 1521 fue el resultado de una guerra de desgaste, epidemias, bloqueo económico y enfrentamientos urbanos, más que una simple victoria española. Sin embargo, Cortés supo presentar estos hechos como una hazaña civilizatoria, ocultando en parte la dimensión violenta del proceso y el protagonismo de los miles de indígenas aliados que hicieron posible la victoria.
Después de la conquista, Cortés fue nombrado Capitán General y Gobernador de la Nueva España. Intentó consolidar su poder como noble terrateniente, impulsó expediciones hacia Honduras y Baja California, y buscó el reconocimiento pleno de la Corona. Sin embargo, sus ambiciones chocaron con la política centralista de Carlos V, quien recelaba de los conquistadores autónomos. La última etapa de su vida fue marcada por el ocaso político: regresó a España, donde fue recibido con frialdad, y murió marginado del poder que había ayudado a establecer. Este contraste entre la gloria inicial y el olvido final alimenta también su carácter trágico y controvertido. La historia de Cortés es la del conquistador que dominó un imperio y fundó otro, pero que fue incapaz de dominar al imperio que lo había enviado.
En el siglo XX, la figura de Cortés fue revaluada desde múltiples perspectivas. Mientras que las historias nacionalistas mexicanas lo mostraban como símbolo del colonialismo y la destrucción de los pueblos originarios, otros enfoques (como el de Octavio Paz en El laberinto de la soledad) lo consideraron parte fundacional de una identidad mestiza, producto de la violencia y el mestizaje. Historiadores como Serge Gruzinski, Tzvetan Todorov o Inga Clendinnen han analizado la conquista como un complejo proceso de choque cultural, en el que Cortés fue tanto actor como narrador. Su figura se ha convertido en emblema del colonialismo moderno: portador de la cruz y de la espada, impulsor de una globalización temprana, constructor de imperios pero también destructor de civilizaciones.
Hernán Cortés es, sin duda, uno de los personajes más controvertidos de la historia occidental. Héroe para unos, villano para otros, su figura encarna las paradojas de la conquista: la ambición imperial disfrazada de evangelización, la violencia legitimada como civilización, el genio político al servicio de intereses económicos y simbólicos. Sus crónicas intentaron fijar una imagen de grandeza ante la Corona, pero la historia —desde múltiples voces, sobre todo indígenas— ha revelado una verdad más compleja y ambigua. Hoy, su legado sigue siendo objeto de debate, memoria y disputa, no solo en México sino en todo el mundo hispanoamericano.