La conquista de Yucatán

La conquista de Yucatán
Pintura mural que representa una zona costera y poblados en la Península de Yucatán. Ubicada en el Templo de los Guerreros, en Chichén Itzá.

La conquista de Yucatán no solo fue militar y territorial, sino fundamentalmente una empresa teológica, orientada a la eliminación de las creencias indígenas consideradas como “idolátricas” por los misioneros. A partir del siglo XVI, los franciscanos impusieron un proyecto de cristianización sistemática que incluyó la extirpación de ídolos, demolición de templos y destrucción de códices, acompañadas de un régimen catequético dirigido a reconfigurar la subjetividad indígena.

La teología colonial establecía una división entre lo verdadero y lo falso, entre la fe cristiana y las “supersticiones demoníacas”, lo que legitimó una violencia epistémica. Como señala Mignolo (2007), el colonialismo no fue solo un proyecto económico y político, sino epistémico y ontológico, en el que se impuso una única forma de conocimiento sobre otras formas de comprender el mundo. “La colonización del saber fue tan importante como la colonización de los territorios. El conocimiento indígena fue clasificado como superstición o idolatría” (Mignolo, 2007, p. 39).

El caso de Diego de Landa es paradigmático. Si bien fue uno de los franciscanos que aprendió la lengua maya y recopiló sus costumbres, también fue el responsable de la destrucción masiva de su patrimonio simbólico. La contradicción entre su labor etnográfica y su celo inquisitorial refleja la ambivalencia de la misión evangelizadora: se pretendía salvar almas, pero al precio de aniquilar las cosmovisiones originarias.

Frente a la violencia evangelizadora, los pueblos mayas no respondieron simplemente con sumisión. La historia de la conquista de Yucatán también es la historia de formas activas de resistencia, tanto armada como simbólica, mediante adaptaciones sincréticas del cristianismo. Muchas de las creencias, rituales y dioses mayas sobrevivieron ocultos bajo la forma de santos, vírgenes o prácticas aparentemente cristianas.

Autores como Clendinnen (2003) y Restall (1998) han documentado cómo las comunidades indígenas reinterpretaron los sacramentos cristianos dentro de su propio marco religioso. Por ejemplo, la figura de la Virgen fue incorporada como un tipo de madre-territorio o diosa agrícola, y la cruz cristiana fue asociada con el ceiba sagrada, árbol axial del cosmos maya. “La evangelización no borró las creencias indígenas: las desplazó y las reconfiguró, dando lugar a una religión bifronte, híbrida, contradictoria, profundamente americana” (Clendinnen, 2003, p. 173).

Este sincretismo fue percibido por los evangelizadores como una amenaza. De ahí el énfasis en la vigilancia, las inquisiciones locales y los autos de fe, como el mencionado de Maní en 1562. Sin embargo, a pesar de estos intentos, la religiosidad maya sobrevivió y floreció en formas nuevas, como lo demuestra el surgimiento del Libro de Chilam Balam, una recopilación de textos proféticos, históricos y religiosos escritos en lengua maya con caracteres latinos, que atestigua la resistencia de la memoria indígena (Roys, 1933).

El proceso de cristianización en Yucatán se expresó también en el arte. Los conventos franciscanos construidos en las principales ciudades indígenas (Maní, Uxmal, Izamal, Valladolid) constituyen un testimonio visual del arte tequitqui o arte indo-cristiano, caracterizado por la combinación de iconografía cristiana con motivos prehispánicos. Este arte fue producido en su mayoría por artesanos indígenas formados en talleres conventuales, quienes reinterpretaron los símbolos cristianos desde sus propias matrices culturales.

El arte tequitqui no solo fue una forma de evangelización visual, sino también un espacio de resistencia simbólica. Los ornamentos florales, las grecas, las representaciones solares y los rostros bifrontes que aparecen en los relieves y fachadas conventuales no responden únicamente a los cánones europeos, sino a una gramática visual indígena, que resignifica los espacios sagrados. Como señala Gruzinski (1991): “El arte indo-cristiano revela una doble tensión: la voluntad evangelizadora de los frailes y la persistencia de una visión del mundo indígena que rehúsa desaparecer” (p. 158). Este arte híbrido funcionó como una estrategia de negociación cultural, una zona intermedia donde la colonización no fue total, sino dialéctica.

A diferencia de la conquista mexica (1519-1521), rápida y espectacular, la de Yucatán fue lenta, fragmentada y menos glorificada. Mientras Cortés se benefició de alianzas con pueblos oprimidos por los mexicas (como los tlaxcaltecas), Montejo encontró una resistencia dispersa pero persistente, y una población menos predispuesta a colaborar con los invasores.

En términos simbólicos, si la caída de Tenochtitlan fue representada como la derrota del “imperio pagano” ante la “cristiandad”, la conquista de Yucatán reveló la dificultad de extirpar una religiosidad profundamente enraizada en lo cotidiano y en lo ecológico. La evangelización no fue solamente imposición, sino un proceso dialógico, contradictorio y violento, que dio lugar al sincretismo religioso y a la formación de una resistencia cultural prolongada, como se evidenciará siglos después en las guerras de castas del siglo XIX.

Yucatán encarna, en este sentido, la resistencia de lo múltiple frente a la voluntad de lo uno: la pluralidad de los pueblos mayas frente a la universalidad pretendida por el cristianismo y la monarquía católica. En este sentido, la “otra conquista” no fue solo tardía, sino inconclusa, como lo evidencia la permanencia de prácticas religiosas indígenas, la continuidad lingüística del maya y las revueltas anticoloniales como la Guerra de Castas (1847-1901).

La conquista de Yucatán permite revisar críticamente las narrativas triunfalistas de la conquista de México. Nos confronta con los límites de la colonización, con la profundidad de la resistencia indígena y con los mecanismos sutiles del poder simbólico. A través de la violencia ritual, la evangelización forzada, el arte híbrido y el sincretismo religioso, los pueblos mayas sostuvieron una forma de sobrevivencia que desafía la idea de una derrota total. En este sentido, Yucatán no es la periferia de la conquista: es su corazón profundo, su reverso simbólico, su otra verdad.