La conquista del Perú y el papel de Francisco Pizarro

La conquista del Perú y el papel de Francisco Pizarro
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La conquista del Perú fue uno de los episodios más dramáticos y violentos del proceso de colonización de América. A partir del encuentro entre Francisco Pizarro y el Inca Atahualpa en Cajamarca en 1532, se desencadenó una serie de eventos que culminarían en el colapso del Tawantinsuyo, el imperio incaico. Mientras que las crónicas españolas celebraban la gesta de los conquistadores como hazaña civilizadora, las voces andinas y mestizas del siglo XVI y XVII comenzaron a elaborar contra-relatos que ofrecieron una memoria alternativa, marcada por el dolor, la traición y la resistencia cultural. En este sentido, analizar el papel de Pizarro desde las crónicas andinas implica leer la historia no solo como relato de hechos, sino como disputa por el sentido del pasado. La figura del conquistador se convierte en un símbolo cargado de ambigüedad: encarna la fundación violenta del nuevo orden, pero también la fractura irreparable del antiguo.

En las crónicas oficiales y peninsulares, como las de Pedro Cieza de León (Crónica del Perú, 1553) o Francisco López de Gómara (Historia general de las Indias, 1552), Francisco Pizarro aparece como un héroe valeroso, guiado por la fe cristiana y por el espíritu de empresa. Su encuentro con Atahualpa se describe como una estrategia militar brillante, y la captura del Inca se justifica moral y teológicamente. Estas crónicas inscriben a Pizarro dentro de la lógica providencialista: la caída del imperio inca es parte del plan divino para expandir la fe católica. La violencia se racionaliza como una necesidad histórica, y los pueblos andinos son reducidos a figuraciones pasivas, bárbaras o idolátricas.

En contraposición, el texto Relación de la conquista del Perú (1570) de Titu Cusi Yupanqui —príncipe inca y gobernante del enclave de Vilcabamba— ofrece una narrativa radicalmente distinta. Desde una perspectiva indígena, Titu Cusi describe a Pizarro y a sus hombres como traidores que actuaron con falsedad, ambición y codicia. El encuentro de Cajamarca no es visto como una victoria estratégica, sino como un acto de perfidia disfrazado de diplomacia. Titu Cusi enfatiza que los incas recibieron a los españoles con respeto y hospitalidad, confiando en su palabra. La captura y posterior ejecución de Atahualpa, a pesar del rescate entregado, se interpreta como una muestra de la brutalidad y la deslealtad de los invasores. El oro, símbolo de prestigio ritual para los incas, se transforma en objeto de codicia destructiva para los españoles. Esta crónica constituye una de las primeras expresiones de contra-historia andina, en la que se reivindica no solo la legitimidad del poder incaico, sino también el carácter sagrado de sus instituciones, vulneradas por la irrupción colonial.

En La primer nueva corónica y buen gobierno (c. 1615), Felipe Guamán Poma de Ayala —cronista mestizo de origen noble— ofrece una visión más compleja y matizada. Aunque critica con fuerza el abuso y la corrupción de los encomenderos, clérigos y virreyes coloniales, también sostiene que la caída del imperio inca fue un castigo divino por los pecados cometidos por los propios incas, como la idolatría, el incesto y el orgullo. En este marco, Francisco Pizarro aparece como instrumento del castigo divino. Guamán Poma no lo exime de sus crímenes ni de su avaricia, pero lo sitúa dentro de una lógica providencial invertida: no como héroe de la fe, sino como brazo de la justicia divina, comparable a los imperios babilónico y romano en el Antiguo Testamento. Esta interpretación introduce un matiz teológico que desplaza el protagonismo humano hacia una narrativa de castigo, redención y posible restauración. El conquistador deja de ser héroe para convertirse en figura trágica de un ciclo moral más amplio.

Una tercera interpretación proviene del Comentarios reales de los incas (1609) del Inca Garcilaso de la Vega, hijo de conquistador español y princesa inca. Garcilaso intenta una reconciliación entre las culturas: describe con admiración las instituciones incaicas y critica los excesos de la conquista, pero también elogia ciertos aspectos de la cultura española. Francisco Pizarro es presentado como un hombre rudo y valiente, pero carente de la educación o nobleza de otros españoles. Su ambición es reconocida como factor determinante en la tragedia de Atahualpa, aunque Garcilaso suaviza su juicio al sugerir que fue víctima de las circunstancias, de la envidia de sus compañeros y de la falta de consejo sensato. Para Garcilaso, la conquista fue dolorosa pero también un proceso de mestizaje espiritual y cultural. Su lectura busca integrar el legado incaico dentro del marco cristiano, sin negar el trauma ni idealizar la dominación.

Las crónicas andinas no solo son fuentes históricas: son actos de resistencia. Constituyen un esfuerzo por reescribir la historia desde los márgenes, por afirmar una memoria alternativa que desafía la narrativa triunfalista del colonizador. En ellas, la figura de Pizarro encarna la violencia fundacional del orden colonial, pero también revela las tensiones éticas, políticas y simbólicas que atravesaron el encuentro entre mundos. En estas obras, el conquistador no es un mero personaje, sino un punto nodal desde el cual se reconstruyen los sentidos de pérdida, desestructuración, adaptación y resignificación cultural que marcaron la experiencia indígena.

Leer la figura de Francisco Pizarro a través de las crónicas andinas permite desmontar el mito del héroe conquistador y abrir paso a una historia más compleja, marcada por la violencia, la traición, la fe, la ambigüedad y la resistencia. Estas crónicas no sólo denuncian el proceso de conquista, sino que elaboran una memoria cultural que ha sobrevivido al intento de borramiento colonial. La escritura andina colonial, en su pluralidad y riqueza, revela que la historia no es un bloque homogéneo, sino una constelación de voces, disputas y versiones. La figura de Pizarro, lejos de ser unívoca, es campo de batalla simbólica en el que se juega la verdad del pasado y la dignidad de los vencidos.