La imagen del indígena en Europa a través de los textos de la conquista española
La llegada de los europeos a América no solo implicó un encuentro físico entre mundos distintos, sino también una colisión simbólica, epistemológica y ontológica. La alteridad americana fue rápidamente codificada a través de los discursos de los conquistadores, misioneros y cronistas que transmitieron a Europa una imagen del indígena profundamente ambigua. En este proceso se configuró al indígena como un “otro radical”, un ser extraño que servía tanto para justificar la empresa colonial como para reafirmar la identidad europea. Este ensayo explora cómo se construyó esa imagen y cómo fue recibida en el imaginario europeo del siglo XVI, enmarcándolo dentro de una crítica de la colonialidad del saber.
Desde el primer viaje de Cristóbal Colón, el indígena fue presentado como una figura indefinida: inocente y dócil, pero también pagano e idólatra. En sus cartas, Colón (1493/2002) describe a los habitantes de las islas como gente “mansa y sin malicia”, lo que apuntalaba la idea del “buen salvaje”, susceptible de evangelización. Sin embargo, esta visión fue rápidamente complementada —y en muchos casos sustituida— por una narrativa de barbarie, especialmente en los relatos de conquista como las Cartas de relación de Hernán Cortés (1520/1990), donde se detallan sacrificios humanos, idolatrías y prácticas “inhumanas”. Esta ambivalencia es significativa. Según Todorov (1982), la figura del “otro” no es construida para comprenderlo en sus propios términos, sino para establecer una diferencia útil para el sujeto que lo nombra. El indígena no es, entonces, un sujeto autónomo, sino un espejo invertido del europeo, un no-europeo funcional a los propósitos de la expansión imperial y religiosa.
Walter Mignolo (2007) ha argumentado que la conquista no solo fue una empresa militar y económica, sino también epistemológica. A través del control del lenguaje, la escritura y la representación, se instauró un régimen de saber colonial que invisibilizó los sistemas de conocimiento indígenas y erigió al pensamiento europeo como universal. El indígena fue, en consecuencia, despojado de su agencia histórica y simbólica: no tenía historia propia, solo era parte de una narrativa occidental del descubrimiento y la redención.
Esta operación de poder se refuerza mediante las imágenes y descripciones difundidas en Europa. Las ilustraciones de Theodor de Bry (1590), basadas en relatos como los de Bartolomé de las Casas, muestran a los indígenas como caníbales, desnudos, crueles o sumisos. Estas representaciones no pretendían ser realistas, sino funcionales: alimentaban el imaginario europeo de superioridad moral y civilizatoria.
El indígena se convirtió así en una figura simbólica cargada de sentidos contradictorios. En algunos casos, fue utilizado por autores como Las Casas (1552/2009) para denunciar los abusos de la conquista y defender su humanidad. Pero incluso en estos discursos humanistas, el indígena seguía siendo “otro”: infantilizado, necesitado de protección, incapaz de autorrepresentarse.
Anthony Pagden (1982) ha demostrado que los debates teológicos y filosóficos del siglo XVI —como los desarrollados en la Escuela de Salamanca— intentaron clasificar al indígena dentro del orden natural aristotélico, preguntándose si tenía alma, razón, propiedad o derecho a la soberanía. Estas discusiones, aunque aparentemente progresistas, partían de la premisa de que el indígena debía ser juzgado conforme a categorías europeas, negando cualquier posibilidad de reconocimiento intercultural genuino.
El legado de esta construcción del “otro” indígena no desapareció con el fin de la conquista, sino que ha perdurado bajo formas diversas en la modernidad. Como afirma Castro-Gómez (2005), la colonialidad del saber sigue operando en las jerarquías epistémicas que subordinan los saberes no occidentales. La representación del indígena como sujeto “atrasado”, “folklórico” o “resistente” es una continuación de aquella mirada que lo constituyó como un otro radical, sin voz propia en la historia. En este sentido, la imagen del indígena que circuló en Europa desde el siglo XVI no debe entenderse como una simple tergiversación, sino como una tecnología de poder: una forma de nombrar, clasificar y dominar al otro desde una posición de supuesta neutralidad universal.
La imagen del indígena en la Europa del siglo XVI no fue resultado de un encuentro de saberes, sino de un proceso de imposición simbólica. El indígena fue construido como “otro” desde la lógica de la conquista, instrumentalizado para justificar tanto la violencia como la evangelización. Este “otro” no tenía derecho a representarse a sí mismo: su imagen era propiedad del discurso colonial. La reflexión crítica sobre estos mecanismos resulta fundamental para desarticular las bases simbólicas de la modernidad colonial y avanzar hacia una epistemología que reconozca la pluralidad de mundos, saberes y sujetos históricos.