Las mujeres durante la conquista de América

Las mujeres durante la conquista de América
Una antigua representación de Hernán Cortés y Malinche en su encuentro con Moctezuma II en Tenochtitlan.

La historia de la conquista de América ha sido relatada durante siglos desde una lógica eurocéntrica y patriarcal, centrada en las acciones de varones españoles como Hernán Cortés, Francisco Pizarro o Pedro de Valdivia. Sin embargo, desde fines del siglo XX, el giro decolonial y los estudios de género han impulsado una revisión crítica de las voces silenciadas, especialmente la de las mujeres. Estas voces no solo estuvieron presentes: fueron constitutivas del proceso de conquista, colonización y mestizaje. De hecho, puede afirmarse que sin mujeres, no hay conquista: ni como facilitadoras de alianzas, ni como mediadoras simbólicas, ni como víctimas ni como fundadoras del nuevo orden social.

Desde el punto de vista simbólico, la conquista de América fue también una conquista del cuerpo: del cuerpo femenino, del cuerpo indígena, del cuerpo geográfico que los europeos imaginaron como pasivo, fértil, dispuesto a ser penetrado y dominado. Tal como explica Walter Mignolo (2007), la colonialidad no fue solo política y económica, sino también epistémica, sexual y simbólica. América fue nombrada como continente femenino, una "virgen tierra" a ser tomada. En esta lógica, el cuerpo de la mujer indígena se volvió metáfora del nuevo territorio: vulnerable, deseado, conquistado, pero también potencialmente resistente y fecundo. “La feminización de América —como cuerpo, como naturaleza, como símbolo— permitió justificar su sometimiento, erotizar la violencia y borrar las voces de las mujeres reales que participaron activamente en ese proceso.” (Segato, 2003)

Sin duda, la figura femenina más emblemática del proceso de conquista en Mesoamérica es Malintzin, conocida por los españoles como Doña Marina y por la historia moderna como La Malinche. Nacida en el actual estado de Veracruz y hablante de náhuatl y maya, fue entregada como esclava a los españoles y se convirtió en la traductora, consejera e intermediaria de Hernán Cortés. Su papel fue decisivo, no sólo por su dominio de las lenguas indígenas y su capacidad para interpretar códigos culturales, sino también por su influencia en las decisiones políticas y militares de los conquistadores. Fue crucial en la alianza con los tlaxcaltecas, enemigos de los mexicas, y en la diplomacia con Moctezuma II.

La figura de Malintzin o Doña Marina ha sido objeto de múltiples relecturas. Denostada como traidora por el nacionalismo mexicano y reivindicada por el feminismo como una figura de poder, agencia e inteligencia, Malintzin no fue simplemente traductora: fue una mediadora cultural, capaz de traducir no solo lenguas sino cosmologías, y de intervenir en decisiones militares y diplomáticas. Fue además madre de uno de los primeros mestizos reconocidos por los conquistadores: Martín Cortés.

Autoras como Tzvetan Todorov (1982) y Camila Townsend (2006) la entienden no como una víctima, sino como una figura activa, obligada a tomar decisiones difíciles en un mundo atravesado por jerarquías de raza, género y violencia. Como afirma Octavio Paz, "Doña Marina fue la madre simbólica del mestizaje; una intérprete no sólo de lenguas, sino de culturas" (Paz, 1950, El laberinto de la soledad).

Más allá de Malintzin, muchas mujeres indígenas (nobles o comunes) participaron en alianzas con los españoles, ya sea por coacción o por cálculo político. Por ejemplo: Anacaona, cacica taína del Caribe, fue diplomática y poetisa; intentó mediar entre su pueblo y los conquistadores, y fue ejecutada por los españoles. Guacolda, pareja del líder mapuche Lautaro, aparece en las crónicas como símbolo de coraje y resistencia en la Guerra de Arauco. Numerosas mujeres nahuas, mayas y quechuas fueron dadas en matrimonio o como ofrenda a los conquistadores, cumpliendo un papel socio-político estratégico.

Las mujeres mestizas, hijas de indígenas y españoles, y mujeres criollas, pronto se convirtieron en figuras centrales en la formación del nuevo orden colonial. Muchas fueron educadas en conventos, hablaban dos o más lenguas, y sirvieron como enlaces entre dos mundos. Algunas alcanzaron posiciones de influencia como escritoras, religiosas, fundadoras de órdenes y patronas. Un ejemplo posterior y destacado es el de Sor Juana Inés de la Cruz, nacida en el siglo XVII, quien representa el fruto del proceso cultural posconquista, una mujer criolla con voz intelectual propia, defensora del saber femenino en una sociedad patriarcal.

Las mujeres españolas cumplieron también una función fundamental en la consolidación del orden colonial, al poblar, fundar y transmitir los valores de la metrópolis. Aunque en menor número que los hombres, muchas de ellas llegaron solas o acompañando expediciones, y algunas asumieron roles de liderazgo inesperados: Mencía Calderón, quien en el siglo XVI condujo una expedición femenina desde España hasta Paraguay, tomando decisiones militares y civiles tras la muerte de su esposo. Isabel de Guevara, quien en una famosa carta a la Corona reclamó el reconocimiento del trabajo femenino en la fundación de las colonias, argumentando que mientras los hombres se ausentaban en campañas, las mujeres sostenían las ciudades. Muchas ingresaron a conventos, donde también se gestó una resistencia cultural y literaria. En este sentido, los conventos fueron espacios de alfabetización, pensamiento y poder para mujeres criollas y mestizas.

Las mujeres africanas, traídas como esclavas, cumplieron roles esenciales en las ciudades coloniales: trabajaron como cocineras, amas de leche, curanderas, parteras y vendedoras. Pese a su condición de esclavitud, muchas de ellas desarrollaron formas de resistencia cultural y espiritual: Algunas participaron en movimientos cimarrones, fugas o rebeliones. Preservaron tradiciones religiosas, danzas, saberes médicos y lenguas. Otras lograron emanciparse y construir redes de apoyo para otras mujeres esclavizadas. Su presencia fue crucial en la formación del imaginario cultural americano, aunque sus nombres casi nunca fueron registrados.

Las misiones de las mujeres en la conquista fueron múltiples, pero pueden resumirse en tres funciones fundamentales: Mediación intercultural y lingüística: como traductoras, intérpretes y embajadoras (Malintzin, mujeres nativas aliadas). Reproducción social y biológica: como madres del mestizaje, transmisoras de lengua, religión y costumbres (mujeres mestizas y criollas). Resistencia y agencia política: como fundadoras, denunciantes, organizadoras y transmisoras de memoria (Guacolda en Chile, Mencía Calderón, mujeres afrodescendientes rebeldes).

Las mujeres jugaron un papel mucho más activo y complejo del que la historiografía tradicional ha reconocido. Si bien fueron a menudo subordinadas, también fueron actrices fundamentales en la configuración del nuevo mundo colonial. Sus cuerpos, lenguas y acciones sirvieron como territorios de mediación y resistencia. Reconocer su protagonismo permite descolonizar la memoria histórica y entender la conquista no solo como un acto bélico, sino como un proceso de transformación donde las mujeres, desde distintos lugares y orígenes, tejieron las redes del mundo moderno americano.