Los diarios de Colón: entre el relato y la crónica
Los diarios de Cristóbal Colón, especialmente el correspondiente al primer viaje de 1492, constituyen uno de los textos fundacionales de la literatura colonial hispanoamericana. Este documento, conocido por su versión abreviada y comentada por fray Bartolomé de las Casas, es una pieza clave para comprender no solo la mirada europea sobre el “Nuevo Mundo”, sino también la configuración temprana del discurso colonial. Más allá de su valor testimonial, el diario de Colón plantea interrogantes sobre su naturaleza genérica: ¿se trata de una crónica, de un relato de viaje, de un diario personal o de una ficción política? Esta ambigüedad invita a una reflexión más profunda sobre el estatuto discursivo de los primeros textos del descubrimiento y su papel en la construcción de una narrativa imperial.
El texto comúnmente conocido como el Diario del primer viaje de Cristóbal Colón ha llegado a nosotros de forma indirecta: la versión original se ha perdido, y lo que conocemos es una transcripción parcial hecha por Bartolomé de las Casas, quien resumió el documento original intercalando comentarios propios. Esta mediación no es trivial, pues introduce un sesgo interpretativo que matiza la voz de Colón con la óptica del fraile dominico, quien a su vez tenía una agenda teológica y política.
El diario se estructura como una bitácora de navegación, con entradas fechadas que registran el avance del viaje, las observaciones geográficas y climáticas, las decisiones técnicas y los encuentros con los pueblos indígenas. Sin embargo, esta aparente objetividad contrasta con pasajes altamente simbólicos, cargados de expectativas mesiánicas, percepciones idealizadas y proyecciones culturales. La oscilación entre la descripción factual y la elaboración retórica es una de las claves para entender la ambigüedad genérica del texto.
Tradicionalmente, la crónica se ha definido como un texto que relata hechos reales en orden cronológico, con un cierto afán de objetividad y una pretensión documental. El diario de Colón comparte algunas de estas características: registra el paso del tiempo, busca dar cuenta de los hechos ocurridos, y se presenta como testimonio directo del descubridor. Sin embargo, no se ajusta del todo a la crónica medieval ni a la historiografía renacentista: más que describir el pasado, lo que hace Colón es construir una visión del mundo en el presente del descubrimiento, mientras intenta convencer a los Reyes Católicos del valor de su empresa.
Por otro lado, el relato de viaje como forma narrativa implica una estructura más libre, centrada en la experiencia del viajero, en la representación del “otro” y en la transformación del sujeto a través del trayecto. El diario de Colón, aunque está redactado como informe, contiene momentos en los que el asombro, la proyección utópica y la experiencia personal se imponen sobre la descripción objetiva. En este sentido, el texto funciona como un relato que combina observación y construcción simbólica del espacio y del otro.
Además, puede leerse como una forma de escritura performativa (Austin, 1962; Pratt, 1992): Colón no solo informa, sino que realiza actos de poder con sus palabras. Al nombrar tierras, declarar posesiones en nombre de la Corona o describir a los indígenas como "gente sin malicia", está instaurando un orden discursivo que justifica la conquista y la colonización. Su diario no solo registra un viaje; produce una geografía política, moral y religiosa que inaugura la lógica del imperio.
Uno de los aspectos más problemáticos del diario de Colón es su representación de los pueblos indígenas. En numerosas entradas, los describe como gente pacífica, generosa, sin armas ni idolatría, y, por tanto, apta para la conversión al cristianismo y la sumisión al poder español. Este discurso anticipa los ejes fundamentales de la ideología colonial: inferiorización cultural, disponibilidad evangelizadora y legitimación de la conquista como misión civilizadora.
Desde una perspectiva crítica, esta visión debe entenderse no como una descripción etnográfica fiel, sino como una invención del otro (Todorov, 1982). Colón no descubre, sino que proyecta sobre el nuevo mundo un conjunto de imágenes prefabricadas, heredadas del imaginario medieval (el paraíso terrenal, los hombres sin pecado, las riquezas orientales). En este sentido, el diario opera como una ficción política en la que los indígenas son representados como figuras simbólicas, funcionales a un relato de redención cristiana y gloria imperial.
Esta estrategia discursiva se articula también con el uso del lenguaje. Colón nombra las islas descubiertas con referencias cristianas (San Salvador, Santa María de la Concepción), y describe la flora y fauna con analogías europeas, traduciendo lo desconocido en categorías familiares. Así, el diario no solo explora un nuevo mundo, sino que lo domestica simbólicamente a través del lenguaje, estableciendo un régimen de representación que legitima la dominación cultural.
El diario de Colón puede considerarse un texto fundacional, no solo en términos históricos, sino también en el plano simbólico y literario. Inaugura una tradición de escritura sobre América que oscila entre el testimonio y la fabulación, entre la crónica histórica y la construcción mítica. Su ambigüedad genérica –¿relato, crónica, diario, carta?– es sintomática del carácter incierto y performativo de la empresa colonial en sus inicios. Autores como Mary Louise Pratt (1992) han señalado que este tipo de textos conforman una zona de contacto, donde se encuentran y se enfrentan mundos radicalmente distintos. El diario no puede entenderse solo como documento informativo: es también un artefacto ideológico, una forma de organizar el sentido de lo desconocido en favor de un proyecto de poder. En este marco, la escritura de Colón no se limita a narrar lo visto: participa activamente en la construcción del discurso imperial.
Los diarios de Cristóbal Colón se sitúan en la intersección entre relato y crónica, combinando elementos descriptivos, testimoniales y ficcionales. Su lectura exige una mirada crítica que reconozca su función fundacional dentro de la narrativa colonial: no solo inauguran la historia de la colonización de América, sino también el modo en que esta historia fue contada, legitimada y repetida. Entre el registro de lo real y la invención de lo otro, entre la descripción geográfica y la fantasía mesiánica, los diarios de Colón revelan el poder de la palabra para instaurar mundos, borrar diferencias y construir imperios.