“Los motivos del lobo” de Rubén Darío

“Los motivos del lobo” de Rubén Darío

—Tú ves, hermano lobo, que yo quiero / ser tu amigo —le dice—, y que no en vano / hago por persuadir tu duro gesto. / El alma tiene asombros de Dios. Y el alma /mía /quiere salvarte. Por la santa mano /que me guía, te ordeno que no hagas /mal alguno, y que vivas en paz. /—Amén —dijo el lobo.

 En este fragmento de Los motivos del lobo, Rubén Darío nos ofrece una reelaboración simbólica y filosófica de una leyenda cristiana medieval. San Francisco de Asís, el protagonista, representa una figura de paz, compasión y espiritualidad, en contraste con el lobo, símbolo de la bestialidad, el instinto y la violencia. El poema, sin embargo, no es una simple narración moralizante, sino una alegoría del alma humana y de la posibilidad (o imposibilidad) de la redención.

En los primeros versos del fragmento, san Francisco le habla al lobo con una lengua de paz y persuasión: “Tú ves, hermano lobo, que yo quiero / ser tu amigo...”. La apóstrofe fraternal (“hermano lobo”) transforma al animal temido en un igual, reconociendo en él no solo su humanidad simbólica, sino también su dignidad ética. Aquí, el lenguaje actúa como instrumento de conversión, como una palabra creadora, que recuerda el poder performativo del verbo en el cristianismo (“hágase la luz”).

El verso “El alma tiene asombros de Dios” introduce una nota mística: el alma humana, reflejo de la divinidad, es capaz de conmoverse, de amar, de extender su compasión incluso a lo más salvaje. Este es un pensamiento central en la espiritualidad franciscana, que Darío recupera para reivindicar el poder de la misericordia y la empatía.

El acto culminante del fragmento es cuando san Francisco, “por la santa mano / que me guía”, ordena al lobo vivir en paz. La expresión implica una autoridad divina —la “mano santa”— que no se impone con violencia, sino con la fuerza moral de la fe. En este momento, el lobo, que hasta entonces representaba la naturaleza brutal, responde: “Amén”. La respuesta es profundamente significativa, porque implica no solo sumisión o aceptación, sino adhesión espiritual. El lobo ha sido redimido, transformado desde el interior por la palabra y el amor.

Este momento sugiere una utopía de reconciliación entre lo humano y lo animal, entre la cultura y la naturaleza, entre el bien y el mal. Sin embargo, como sabemos por el desarrollo posterior del poema, esta utopía será efímera: el lobo se reintegrará a los hombres, y serán estos quienes lo corrompan. Así, Darío invierte la lógica del mito: no es el lobo quien devora al hombre, sino el hombre quien destruye la bondad del lobo.

El tono del poema es narrativo y lírico, con una estructura de tipo parabólica o cuentística que recuerda a los relatos bíblicos o a las fábulas. En este fragmento: El uso del diálogo directo humaniza al lobo y lo pone en el mismo plano comunicativo que san Francisco. La metáfora del alma como asombro de Dios eleva el contenido ético a un plano metafísico y poético. La simplicidad sintáctica y la claridad del léxico no disminuyen la carga simbólica del texto, que se sostiene sobre símbolos universales: el lobo, el santo, la paz, el verbo, el alma, la conversión.

El poema está escrito en verso libre, sin una métrica regular ni rima fija. En el fragmento analizado, podemos observar versos de diferentes extensiones (endecasílabos, heptasílabos, decasílabos, etc.), lo que otorga al poema flexibilidad expresiva y contribuye al tono narrativo y meditativo.

Ejemplos:

“Tú ves, hermano lobo, que yo quiero” → 11 sílabas (endecasílabo)

“ser tu amigo —le dice—, y que no en vano” → 12 sílabas

“Amén —dijo el lobo.” → 7 sílabas (heptasílabo)

Aunque no hay un esquema de rima cerrado, se perciben resonancias internas y aliteraciones que proporcionan musicalidad.

El tono del fragmento es solemne, afectivo y dialogado. El uso del vocativo “hermano lobo” y del modo exhortativo (“te ordeno que no hagas mal alguno”) muestra una actitud de autoridad compasiva. El ritmo es pausado, con una fuerte presencia de enunciados declarativos y versos cortos intercalados que acentúan momentos claves, como: “—Amén —dijo el lobo.” Esta frase finaliza el fragmento con un ritmo conclusivo y dramático, reforzando el efecto de aceptación solemne y transformación.

Recursos literarios

Apóstrofe: “hermano lobo”: humaniza y sitúa al animal como interlocutor moral.

Metáfora mística: “El alma tiene asombros de Dios”: vincula la espiritualidad con la capacidad de conmoción y transformación.

Antítesis implícita: el contraste entre la ferocidad del lobo y la dulzura persuasiva del santo acentúa el milagro de la conversión.

Paralelismo y anáforas sintácticas: estructura repetitiva en frases como “te ordeno que no hagas / mal alguno, y que vivas en paz” que refuerza la autoridad espiritual del hablante.

Simbología:

El lobo: naturaleza instintiva, animalidad, marginación.

San Francisco: paz, espiritualidad, compasión.

La palabra: vehículo de salvación (logocentrismo cristiano).

Este pasaje se puede dividir en tres movimientos: Invocación fraternal: “hermano lobo, que yo quiero / ser tu amigo…” Propuesta de redención: “El alma tiene asombros de Dios…” Imperativo sagrado y aceptación: “te ordeno que no hagas mal alguno… —Amén —dijo el lobo.” Esta progresión muestra una estructura de diálogo litúrgico, con un ofrecimiento, una exhortación y una respuesta afirmativa, que recuerda a las confesiones o ritos de conversión religiosa.

En el contexto más amplio del poema, el gesto de san Francisco representa la fe en la redención del mal a través del amor y la palabra. Pero Darío, con una mirada ya modernista y crítica, advierte que no es la naturaleza la que destruye al hombre, sino el hombre el que destruye la inocencia. Al final del poema, el lobo es traicionado, y cuando vuelve a la selva, dice:

—¡Hermano Francisco, la grey me ha hecho mal!

Este giro final resignifica todo el poema: el verdadero “lobo” no era el animal, sino la humanidad. Así, Darío ofrece una lectura ética profundamente moderna: la barbarie no está en la naturaleza, sino en la cultura; no en la bestia, sino en el hombre mismo.

Este fragmento de Los motivos del lobo es clave para comprender la profundidad ética, simbólica y estética del poema. Rubén Darío no solo reelabora una leyenda religiosa, sino que la convierte en una parábola del mal, del bien, de la palabra y del fracaso de la humanidad. A través de un lenguaje sobrio pero simbólicamente rico, el poeta invita a reflexionar sobre la responsabilidad moral del ser humano frente al otro, frente al inocente, frente al mundo. En un tiempo marcado por la violencia y la desilusión (la obra es de 1913, en vísperas de la Primera Guerra Mundial), Darío parece preguntarnos: ¿quién es el verdadero lobo?