Nación, interpelación y arquetipo: subjetividad femenina y transformación histórica en “Cartas a las mujeres de España” (1916) de María Lejárraga

Nación, interpelación y arquetipo: subjetividad femenina y transformación histórica en “Cartas a las mujeres de España” (1916) de María Lejárraga

“Cartas a las mujeres de España” (1916) de María Lejárraga constituye uno de los textos más complejos y estratégicamente elaborados del pensamiento feminista hispánico de principios del siglo XX. Bajo la apariencia de un discurso exhortativo dirigido a sus contemporáneas, la obra articula en realidad una profunda operación de reorganización simbólica del sujeto femenino, del espacio político y del imaginario nacional. No se trata únicamente de una defensa de los derechos de la mujer, sino de una intervención en los fundamentos mismos de la subjetividad moderna. Desde una lectura crítica que integre la teoría de la performatividad de Judith Butler y la psicología analítica de Carl Gustav Jung, el texto puede comprenderse como un dispositivo discursivo que actúa simultáneamente en dos niveles: como acto performativo que produce identidad colectiva y como manifestación simbólica de un proceso psíquico-cultural de despertar histórico.

La estructura epistolar es el primer elemento que revela la sofisticación retórica de la obra. La carta, a diferencia del tratado, presupone una relación directa entre quien escribe y quien lee. Su tono personal crea una ilusión de intimidad que reduce la distancia entre emisora y destinatarias. Sin embargo, en el caso de Lejárraga esta intimidad no tiene un fin meramente afectivo: cumple una función política. Al dirigirse a “las mujeres de España”, la autora no se limita a nombrar un grupo social; produce un sujeto colectivo mediante el acto mismo de la enunciación. Butler (1990) sostiene que el lenguaje no describe identidades preexistentes, sino que las constituye mediante actos reiterados de interpelación. La apelación de Lejárraga funciona precisamente como ese acto fundacional: al ser llamadas, las lectoras devienen sujeto histórico.

Este mecanismo de constitución discursiva se refuerza por el uso sistemático del plural inclusivo. El “nosotras” que atraviesa el texto no es una simple marca de solidaridad, sino una tecnología de subjetivación. Al integrarse dentro del colectivo al que se dirige, la autora elimina la jerarquía entre quien instruye y quien aprende, sustituyéndola por una comunidad de conciencia. Tal operación tiene consecuencias políticas profundas: el saber ya no se presenta como imposición externa, sino como descubrimiento compartido. El discurso adquiere así un carácter iniciático, en el sentido de que guía a las lectoras hacia el reconocimiento de una verdad que, implícitamente, ya habitaba en ellas.

Esta lógica coincide con la noción junguiana de emergencia simbólica del inconsciente colectivo. Jung (2008) afirma que ciertos momentos históricos producen textos que funcionan como expresiones simbólicas de procesos psíquicos colectivos aún no plenamente conscientes. Tales textos no solo reflejan una transformación cultural, sino que contribuyen a realizarla. En este marco, la obra de Lejárraga puede interpretarse como cristalización discursiva de una tensión histórica: la transición de la mujer desde una posición de invisibilidad social hacia una forma incipiente de agencia política. El llamado que la autora formula no crea arbitrariamente ese deseo de emancipación; lo activa, lo vuelve consciente, lo articula.

El simbolismo del despertar, recurrente en el texto, resulta particularmente significativo. Lejárraga describe la condición femenina como un estado de latencia que debe transformarse en acción. Esta metáfora remite a un patrón arquetípico profundamente arraigado en la imaginación cultural: el paso de la oscuridad a la luz, del sueño a la vigilia, de la ignorancia al conocimiento. Jung (1964) identifica este motivo como una de las estructuras simbólicas fundamentales de los procesos de individuación, tanto individuales como colectivos. En el caso de “Cartas a las mujeres de España”, dicho arquetipo se desplaza del plano psicológico al político. El despertar no es solo interior; es histórico. El sujeto que emerge no es únicamente la mujer individual, sino la mujer como categoría social consciente de su lugar en el mundo.

El discurso de Lejárraga, sin embargo, no propone una ruptura violenta con el pasado. Su retórica se basa en una lógica de transformación gradual. Las metáforas vegetales —crecimiento, germinación, desarrollo— sugieren que el cambio debe entenderse como proceso orgánico. Esta concepción es crucial, pues evita que el feminismo sea percibido como amenaza destructiva para el orden social. En lugar de oponer tradición y modernidad como polos irreconciliables, el texto plantea una continuidad evolutiva entre ambos. La mujer nueva no niega la historia; la prolonga en otra dirección. Desde Butler (2004), esta estrategia puede leerse como una resignificación normativa: el discurso no destruye las categorías culturales existentes, sino que las reinscribe en un marco diferente, transformando su sentido desde dentro.

Otro aspecto central del texto es su articulación entre identidad femenina y destino nacional. Lejárraga insiste en que el progreso de España depende de la educación y participación activa de sus mujeres. Esta idea introduce un desplazamiento fundamental: la cuestión femenina deja de ser un asunto privado y se convierte en problema político. La mujer ya no aparece como figura doméstica subordinada al ámbito familiar, sino como agente histórico cuya acción influye en el futuro colectivo. Este gesto discursivo redefine simultáneamente dos conceptos: el de nación y el de género. La nación deja de ser imaginada como comunidad exclusivamente masculina, y el género deja de ser entendido como destino natural inmutable.

Desde la teoría performativa, esta reconfiguración implica una intervención directa en los marcos simbólicos que regulan la inteligibilidad social. Butler sostiene que las normas de género funcionan como estructuras repetitivas que producen la ilusión de naturalidad. El texto de Lejárraga interrumpe esa repetición al proponer nuevas formas de actuación femenina. Cada exhortación a estudiar, pensar o participar públicamente constituye un acto discursivo que amplía el campo de lo posible. El lenguaje opera aquí como instrumento de transformación ontológica: al modificar lo que puede decirse de la mujer, modifica también lo que puede ser.

La dimensión emocional del discurso cumple igualmente una función estratégica. Lejárraga combina argumentos racionales con apelaciones afectivas que buscan movilizar a sus lectoras. Esta combinación responde a una comprensión profunda de la psicología colectiva. Jung subraya que los símbolos eficaces no solo persuaden intelectualmente, sino que conmueven, pues actúan sobre capas profundas de la psique. El texto logra precisamente ese efecto: no se limita a convencer, sino que despierta. La lectora no solo entiende el mensaje; se siente llamada por él.

Asimismo, la obra puede interpretarse como un acto de reinscripción histórica. Tradicionalmente, la narrativa nacional había relegado a las mujeres al papel de figuras secundarias o invisibles. Al dirigirse a ellas como protagonistas del porvenir, Lejárraga altera esa narrativa. El pasado aparece como etapa de silencio; el presente, como momento de conciencia; el futuro, como horizonte de acción. Esta estructura temporal tripartita configura una verdadera mitología histórica de la emancipación femenina. El texto no describe simplemente la historia: la reescribe desde un punto de vista que había sido excluido.

La radicalidad de la obra reside precisamente en esta capacidad de operar simultáneamente en múltiples niveles: retórico, político, psicológico y simbólico. “Cartas a las mujeres de España“ no es solo un manifiesto feminista ni solo un documento histórico; es un acto de producción subjetiva colectiva. En términos butlerianos, constituye una escena performativa en la que el sujeto femenino emerge mediante el lenguaje. En términos junguianos, es un símbolo cultural que expresa la transición de una conciencia histórica a otra.

En última instancia, la fuerza del texto radica en su doble naturaleza: es al mismo tiempo diagnóstico y conjuro. Diagnóstico, porque identifica con lucidez las condiciones de subordinación femenina en la sociedad española de su tiempo. Conjuro, porque mediante el poder performativo de la palabra intenta transformar esas condiciones. La escritura se convierte así en práctica de emancipación. No describe una realidad futura; comienza a producirla.

María Lejárraga demuestra con esta obra que la literatura puede actuar como forma de acción histórica. Su discurso no se limita a reclamar derechos: reconfigura el imaginario simbólico en el que esos derechos se vuelven pensables. Al hacerlo, revela que toda transformación política profunda requiere antes una transformación del lenguaje y de las imágenes que estructuran la conciencia colectiva. “Cartas a las mujeres de España” permanece, por ello, como uno de los textos más significativos de la tradición feminista hispánica: no solo porque denuncie una desigualdad, sino porque muestra cómo puede empezar a deshacerse mediante la palabra.

 

Referencias:

Butler, J. (1990). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. Routledge.

Butler, J. (2004). Undoing gender. Routledge.

Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos. Paidós.

Jung, C. G. (2008). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.

Lejárraga, M. (1916). Cartas a las mujeres de España. Madrid: Renacimiento.