Teorías contemporáneas sobre el descubrimiento y conquista de América

Teorías contemporáneas sobre el descubrimiento y conquista de América

El siglo XX marcó el comienzo de un desplazamiento fundamental en la historiografía latinoamericana. Frente a la historiografía eurocéntrica que exaltaba la gesta de los conquistadores como portadores de progreso, surgieron posturas críticas que reinterpretaron la conquista como un acto de violencia estructural, basado en el despojo, la esclavización, la destrucción cultural y el sometimiento religioso.

Autores como Edmundo O’Gorman cuestionaron desde una perspectiva filosófica el concepto mismo de “descubrimiento”, señalando que América no fue descubierta, sino “inventada” discursivamente por Europa para satisfacer su necesidad de expansión y autoafirmación (O’Gorman, 1958). En esta lectura, el “Nuevo Mundo” no existía hasta que Europa lo nombró, lo cartografió y lo incluyó en su racionalidad imperial.

Por su parte, Serge Gruzinski y Nathan Wachtel abrieron la vía hacia una historia de los vencidos, incorporando testimonios indígenas, códices, crónicas y registros visuales para reconstruir la experiencia de quienes vivieron el trauma de la conquista. En vez de presentar un enfrentamiento entre civilización y barbarie, mostraron un escenario de encuentro desigual, marcado por la violencia simbólica, la imposición religiosa y la negación de otras formas de conocimiento y de vida.

Desde las ciencias sociales, especialmente en América Latina, se desarrolló la teoría de la dependencia, que articuló la conquista con el nacimiento del sistema capitalista global. Según Immanuel Wallerstein (1974), el “descubrimiento” de América no solo amplió el mapa europeo, sino que redefinió las relaciones económicas globales, convirtiendo al continente en un territorio periférico proveedor de materias primas y fuerza de trabajo esclavizada.

Autores como André Gunder Frank y Ruy Mauro Marini señalaron que la colonialidad instauró un patrón de acumulación basado en la extracción forzada de recursos y en la articulación desigual entre metrópolis y colonias. Esta lectura inscribe la conquista dentro de la larga duración de un sistema de explotación que continúa, bajo nuevas formas, en el orden neocolonial contemporáneo. La historia de América Latina, en este marco, no comienza con un acto fundacional heroico, sino con un proceso estructural de dependencia económica, cultural y política que sigue reproduciendo desigualdades. El “descubrimiento” aparece así como la condición de posibilidad de la modernidad occidental, pero a costa del sacrificio de millones de vidas y culturas.

Una de las corrientes más influyentes del pensamiento latinoamericano en las últimas décadas del siglo XX ha sido la filosofía de la liberación y el pensamiento decolonial, desarrollados por autores como Aníbal Quijano, Walter Mignolo, Enrique Dussel, Catherine Walsh, entre otros. Quijano (1992) acuña el concepto de “colonialidad del poder”, para describir la forma en que la conquista instauró no solo una relación económica de subordinación, sino también una jerarquía racial y epistémica que ha perdurado más allá de la independencia política de los Estados latinoamericanos. La colonialidad se manifiesta como un patrón de control que organiza el trabajo, el conocimiento, el género y la subjetividad, estableciendo a Europa como centro universal de verdad y legitimidad.

Walter Mignolo (2000, 2010) retoma esta línea, argumentando que la conquista de América fue también una invasión epistémica: la imposición del latín sobre las lenguas originarias, de la teología cristiana sobre los sistemas simbólicos indígenas, de la cartografía europea sobre los territorios ancestrales. La respuesta, propone Mignolo, no es simplemente denunciar esta violencia, sino promover una desobediencia epistémica, que consiste en recuperar, valorar y reactivar los saberes subalternos que fueron desplazados por la colonialidad. Este pensamiento ha tenido un profundo impacto en las humanidades, las ciencias sociales, la educación y los movimientos sociales latinoamericanos, al proponer una relectura crítica del pasado colonial como condición para imaginar futuros descolonizados.

Otra vertiente crítica del siglo XX fue la teología de la liberación, impulsada principalmente en los años 60 y 70 por figuras como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff y Jon Sobrino. Desde una perspectiva cristiana comprometida con los pobres y marginados, estos autores reinterpretaron la historia de la evangelización como un proceso ambivalente, en el que se combinaron la predicación del Evangelio con la legitimación de la opresión colonial. Gutiérrez (1971) propone leer la conquista como un acto en el que el cristianismo fue instrumentalizado por el poder imperial, para justificar la dominación y el genocidio cultural. Frente a esto, la teología de la liberación reivindica una lectura contextual de la Biblia desde el sufrimiento de los pueblos oprimidos, proponiendo una praxis teológica que promueva la justicia social, la dignidad de los pueblos originarios y la reparación histórica.

La literatura ha sido otro espacio privilegiado de reelaboración crítica del descubrimiento. Obras como La invención de América de O’Gorman, o las novelas de autores como Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Abel Posse o Eduardo Galeano reescriben el relato desde perspectivas alternativas, imaginando los mundos que fueron destruidos y los sujetos silenciados por la violencia colonial. En el ámbito estético, el barroco americano ha sido reinterpretado por autores como Severo Sarduy y Néstor García Canclini como una forma de resistencia simbólica ante la imposición cultural. Lejos de ser una mera imitación del barroco europeo, el barroco latinoamericano es un arte mestizo, sincrético y conflictivo, que expresa la tensión entre imposición y reapropiación, entre trauma y creación. El testimonio indígena, por su parte, ha adquirido una importancia creciente desde el siglo XX, a través de obras como Me llamo Rigoberta Menchú (1983), que han permitido visibilizar las voces indígenas contemporáneas y revalorizar sus memorias, mitologías y proyectos políticos.

Las lecturas críticas del siglo XX han transformado radicalmente nuestra comprensión del descubrimiento y conquista de América. Lejos de aceptar la narrativa tradicional como una verdad cerrada, los enfoques revisionistas, decoloniales y subalternos han abierto un campo de debate en el que se disputan no solo los sentidos del pasado, sino también las posibilidades del futuro. Leer la conquista desde estas perspectivas implica reconocer que el colonialismo no fue un episodio aislado, sino el inicio de una larga historia de dominación que sigue teniendo efectos en el presente. Implica también comprender que la historia de América no puede seguir siendo contada solo desde las voces de los vencedores. Es necesario recuperar las memorias soterradas, los saberes silenciados y las subjetividades que, pese a la violencia, han resistido y siguen generando vida, pensamiento y comunidad. En este sentido, el pensamiento crítico contemporáneo no busca negar el pasado, sino desmontar sus mitos, reparar sus heridas y reimaginar sus legados, desde un horizonte de justicia histórica, pluralidad epistémica y emancipación cultural.