Traductores y disidentes en la conquista de México

Traductores y disidentes en la conquista de México

La conquista de México fue un proceso profundamente complejo que no puede reducirse únicamente a una narrativa de enfrentamiento militar entre españoles e indígenas. Fue, más bien, un encuentro cultural, político y simbólico en el que intervinieron múltiples actores: conquistadores, líderes indígenas, frailes, cronistas, traductores y disidentes. Entre todos ellos, los traductores —particularmente La Malinche (Malintzin)— y los disidentes —como fray Bartolomé de las Casas o los tlatoanis que resistieron— desempeñaron un papel fundamental. Esta reflexión busca examinar la función de estos mediadores y voces críticas, quienes actuaron en los márgenes del poder y dejaron una huella decisiva en la configuración del relato de la conquista.

Entre los personajes más enigmáticos y polémicos de la conquista de México se encuentra Malintzin, también conocida como Doña Marina o La Malinche. Mujer náhuatl entregada a los españoles por grupos mayas en la región del actual Tabasco, se convirtió rápidamente en la intérprete, consejera y figura clave en las negociaciones entre Hernán Cortés y los señoríos indígenas. Junto con Jerónimo de Aguilar —español que hablaba maya—, formaron un complejo sistema de traducción trilingüe: náhuatl-maya-español.

Más allá de su papel funcional como traductora, Malintzin representa un fenómeno simbólico y político. Su figura ha sido interpretada de maneras contradictorias: como traidora de su pueblo, como víctima del colonialismo patriarcal, y también como madre simbólica de la nación mestiza mexicana. Sin embargo, su verdadera función puede entenderse mejor si se analiza su rol como mediadora cultural en un mundo donde la palabra —el mensaje, la interpretación, el gesto diplomático— tenía un valor estratégico. Malintzin no solo transmitía información: también traducía cosmovisiones, lógicas de poder y contextos sociales diferentes, lo que le otorgó una agencia singular. En este sentido, el papel del traductor en la conquista fue doble: permitió el diálogo y la alianza, pero también facilitó la dominación. La traducción fue un campo de poder, y quienes tradujeron fueron a menudo figuras atrapadas entre la colaboración forzada y la capacidad de negociación.

Además de los traductores, la historia de la conquista también incluye disidentes: voces críticas que desde dentro del mismo aparato colonial cuestionaron las formas, métodos y consecuencias del dominio español. El caso más notable es el de fray Bartolomé de las Casas, quien denunció en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552) los abusos y genocidios cometidos contra los pueblos originarios. Las Casas no fue un revolucionario anticolonial en el sentido moderno, pero sí un teólogo radical que defendió la plena humanidad y racionalidad de los indígenas, oponiéndose al argumento de su barbarie natural esgrimido por Ginés de Sepúlveda. Su voz se alzó en defensa de los vencidos, y articuló una crítica legal, moral y religiosa del poder imperial.

Otros disidentes surgieron entre los mismos pueblos indígenas. Cuauhtémoc, el último tlatoani mexica, simboliza la resistencia heroica frente al avance español. Incluso Tlaxcala, aliado estratégico de los conquistadores, mantuvo una postura crítica y cuidadosa respecto a sus pactos con los europeos, buscando proteger sus privilegios sin perder autonomía. Finalmente, algunos frailes como fray Bernardino de Sahagún —aunque no fueron disidentes en el sentido político— buscaron preservar la memoria y el conocimiento indígena mediante sus trabajos etnográficos y lingüísticos, como el Códice Florentino. Su obra, escrita en náhuatl con colaboración de sabios indígenas, fue una forma de resistencia epistémica, un intento de salvar una civilización cuya destrucción ya era inminente.

Tanto los traductores como los disidentes comparten una característica clave: su papel ambivalente en el proceso de conquista. Malintzin facilitó acuerdos pero también fue instrumento del sometimiento. Las Casas denunció crímenes atroces, pero no dejó de creer en la evangelización como horizonte. Sahagún registró la cosmovisión nahua, pero lo hizo al servicio de una misión religiosa. Esta ambigüedad revela que la conquista fue un campo de tensiones múltiples: lingüísticas, religiosas, políticas y culturales. En ese terreno, la mediación y la disidencia no fueron meros gestos auxiliares, sino espacios de agencia, resistencia y contradicción. El pensamiento moderno, la teología de los derechos humanos y la crítica al colonialismo tienen sus raíces, en parte, en estos actores secundarios pero decisivos.

La historia de la conquista de México no puede entenderse plenamente sin reconocer el papel de los traductores y los disidentes. Ellos ocuparon los intersticios del poder, abrieron espacios para el entendimiento y la crítica, y desafiaron la lógica binaria de vencedores y vencidos. Tradujeron no solo lenguas, sino visiones del mundo. Denunciaron no solo hechos, sino sistemas de opresión. En sus voces resuenan los ecos de una conquista que fue también, desde sus márgenes, una lucha por el sentido, la justicia y la memoria.