Ontología del símbolo y fenomenología del yo: profundización hermenéutica de “Volante” (1932) y “La casa de enfrente” (1936) de Ernestina de Champourcín
La lectura de “Volante” y “La casa de enfrente” puede ampliarse si se desplaza el análisis desde el nivel temático hacia el nivel ontológico-simbólico, es decir, hacia la pregunta por el modo en que el lenguaje poético no solo representa al sujeto sino que lo produce. En este sentido, los poemas de Champourcín no son meras composiciones líricas sino dispositivos de constitución de realidad simbólica. En ellos se advierte una operación doble: la imagen genera pensamiento y el pensamiento genera identidad. Este mecanismo sitúa su escritura en un punto de intersección entre fenomenología de la conciencia, teoría performativa del sujeto y psicología arquetípica.
En la tradición simbólica estudiada por Jung (2008), el símbolo no es un signo decorativo sino un acontecimiento psíquico en el que se revela algo desconocido de la conciencia. El símbolo aparece cuando el lenguaje literal ya no basta para expresar una experiencia interior. Desde esta perspectiva, el volante y la casa no son objetos poéticos sino irrupciones de sentido.
En “Volante”, el objeto suspendido funciona como epifanía de una subjetividad que aún no se conoce plenamente. El poema no describe al yo: lo descubre. El movimiento circular del volante constituye una forma simbólica del autoconocimiento, pues el círculo es uno de los arquetipos primordiales de totalidad. Jung vincula esta figura con el mandala, imagen de la integración psíquica. El desplazamiento giratorio no expresa dispersión sino búsqueda de centro. La aparente ligereza del objeto encierra así una gravitación interior: gira porque busca su eje.
La imagen no representa un estado emocional previo; lo produce. El lector no encuentra un sentimiento ya formulado, sino que lo experimenta en el acto de leer. Esto significa que el poema funciona como acontecimiento fenomenológico: la conciencia se modifica a medida que avanza el lenguaje. El símbolo es entonces performativo en sentido profundo, porque realiza aquello que nombra.
Judith Butler sostiene que el sujeto no preexiste a sus actos, sino que se constituye mediante ellos. Esta idea puede trasladarse al campo literario: el sujeto lírico tampoco existe antes del poema, sino que emerge en el acto de enunciación. En Champourcín, la voz poética no es un origen sino un efecto del discurso.
En “Volante”, la identidad surge a partir de la relación entre cuerpo y espacio. El yo no se define por introspección psicológica, sino por su modo de habitar el aire simbólico del poema. Cada imagen es un gesto performativo que construye la subjetividad. El movimiento del volante equivale al movimiento del yo que se ensaya a sí mismo en el lenguaje.
En “La casa de enfrente”, el proceso se complejiza. Aquí el sujeto se forma a través de la mirada. Ver no es un acto pasivo; es un acto constitutivo. La casa observada existe como objeto poético solo porque es mirada. Pero simultáneamente, el yo que mira se constituye a sí mismo en ese acto. La relación es recíproca: el objeto produce al sujeto tanto como el sujeto produce al objeto.
Este circuito recuerda la noción butleriana de interdependencia ontológica: el yo no puede existir sin aquello que lo interpela. En el poema, la casa funciona como instancia de interpelación silenciosa. No habla, pero convoca. No se mueve, pero transforma. Su quietud obliga al sujeto a pensarse.
La casa, en la simbología junguiana, representa la psique estructurada. Cada elemento arquitectónico corresponde a un nivel de conciencia. Los pisos superiores suelen asociarse al pensamiento consciente; los inferiores, al inconsciente. Las ventanas simbolizan la percepción; las puertas, el tránsito entre estados interiores.
Si se aplica esta matriz interpretativa, “La casa de enfrente” se revela como una escena de autoexploración proyectiva. El sujeto observa una casa exterior que en realidad refleja su propia arquitectura interior. La distancia espacial no indica separación real, sino desplazamiento simbólico. El yo contempla su propia psique desde fuera, como si se mirara a sí mismo convertido en paisaje.
El hecho de que la casa esté “enfrente” es crucial. No está al lado ni detrás, sino frente a la mirada. Esta posición frontal corresponde a la estructura del espejo. El poema, por tanto, construye una escena especular: el sujeto se enfrenta a su imagen simbólica. No se trata de narcisismo, sino de reconocimiento. La identidad emerge en el acto de verse reflejada.
La relación entre ambos poemas puede comprenderse como una dialéctica simbólica fundamental: movimiento versus quietud. “Volante” encarna el dinamismo; “La casa de enfrente”, la inmovilidad. Sin embargo, esta oposición es solo aparente, porque cada poema contiene el principio contrario.
El volante, aunque se mueve, gira alrededor de un punto fijo. Su movimiento presupone un centro inmóvil. La casa, aunque está quieta, genera un intenso movimiento interior en el sujeto que la observa. Así, el dinamismo y la quietud se implican mutuamente. Champourcín sugiere que la identidad humana se construye precisamente en esa tensión: necesitamos estabilidad para movernos y movimiento para no petrificarnos.
Esta dialéctica coincide con la lógica del proceso de individuación junguiano, donde la psique oscila entre expansión y recogimiento. El sujeto sano no es el que permanece estable ni el que cambia sin cesar, sino el que integra ambas fuerzas. Los poemas, leídos juntos, trazan el mapa de esa integración.
Una dimensión aún más profunda emerge cuando se considera que ambos textos reflexionan implícitamente sobre el acto de conocer. Champourcín no solo explora qué es el sujeto, sino cómo conoce el mundo. Su poesía sugiere que el conocimiento no es un proceso racional abstracto, sino una experiencia sensorial y simbólica.
En “Volante”, conocer equivale a desplazarse: comprender algo implica moverse hacia ello. En “La casa de enfrente”, conocer equivale a contemplar: entender algo exige detenerse y observar. Movimiento y contemplación aparecen así como dos modos complementarios de conocimiento.
Desde una perspectiva filosófica, esta dualidad recuerda la distinción entre conocimiento activo y conocimiento contemplativo. Champourcín no privilegia uno sobre otro; propone su coexistencia. El sujeto pleno es el que sabe volar y mirar, girar y detenerse.
La radicalidad de estos poemas se percibe mejor cuando se sitúan en su contexto histórico. En la primera mitad del siglo XX, la poesía escrita por mujeres solía ser leída bajo el prejuicio de la intimidad sentimental. Champourcín subvierte esa lectura al convertir la interioridad en espacio de investigación ontológica. Su poesía demuestra que lo íntimo no es lo menor, sino lo más profundo.
El volante y la casa son imágenes cotidianas, pero su tratamiento simbólico las transforma en conceptos poéticos. La autora demuestra que la modernidad lírica no depende de temas nuevos, sino de modos nuevos de mirar. Su innovación consiste en revelar que la subjetividad femenina no es un objeto de representación, sino un sujeto de conocimiento.
Desde Butler, esto implica una subversión de los marcos normativos que históricamente han definido qué voces pueden producir verdad. Champourcín escribe como quien se autoriza a sí misma a pensar. Su poesía no pide legitimidad: la ejerce.
“Volante” y “La casa de enfrente” constituyen, en conjunto, una poética de la autoconciencia simbólica. El primero explora el yo como energía en movimiento; el segundo, el yo como mirada reflexiva. Uno representa la expansión; el otro, la interiorización. Juntos forman un sistema de pensamiento poético donde el sujeto se revela como proceso dinámico de relación consigo mismo y con el mundo.
El aporte más profundo de Champourcín radica en mostrar que la identidad no es una esencia ni una máscara social, sino una experiencia simbólica en permanente elaboración. Sus poemas no describen al sujeto moderno: lo hacen posible. En ellos, la imagen no es adorno, sino método de conocimiento; la metáfora no es ornamento, sino instrumento ontológico.
Así, la poesía de Champourcín puede entenderse como una filosofía lírica del ser. En su lenguaje, el símbolo piensa, la mirada crea y el movimiento revela. Y es precisamente en esa convergencia donde su obra alcanza su dimensión más universal: la de una escritura que no solo expresa la experiencia humana, sino que la engendra.
Referencias
Butler, J. (1990). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. Routledge.
Butler, J. (2004). Undoing gender. Routledge.
Champourcín, E. de. (1932). Ahora. Madrid.
Champourcín, E. de. (1936). La voz en el viento. Madrid.
Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos. Paidós.
Jung, C. G. (2008). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.