Poética de la deserción interior: arquetipo roto, deseo disciplinado y conciencia espectral en “Retirada” (1975) de Carmen Martín Gaite
“Retirada“ constituye una de las más densas miniaturas psicológicas de la narrativa de Carmen Martín Gaite, no por su extensión sino por la concentración simbólica con que articula la experiencia subjetiva. El texto no describe un paseo de regreso al anochecer: dramatiza un colapso interior. El movimiento físico —volver del parque— se convierte en figura epistemológica y ontológica: retirarse es comprender. Esta equivalencia estructural entre desplazamiento corporal y revelación psíquica sitúa el relato dentro de una tradición moderna donde la conciencia se descubre a sí misma en el instante de su propio desengaño.
Desde su primera frase, el pasaje instala una metáfora bélica que reconfigura el campo semántico de la experiencia cotidiana. La narradora afirma que regresar era como volver de una escaramuza inútil y sin grandeza. La elección de la palabra escaramuza resulta crucial: no se trata de una batalla épica sino de un enfrentamiento menor, casi ridículo. El yo reconoce retrospectivamente que el combate emocional que creía decisivo carecía de verdadera trascendencia. Esta autopercepción introduce un matiz irónico que atraviesa todo el fragmento. El sujeto no sólo sufre la desilusión; se observa sufriéndola. Surge así un doble plano de conciencia que Barthes describiría como efecto de textualidad reflexiva: el yo es simultáneamente actor y lector de su propia escena.
El símbolo central del pasaje —el estandarte con la palabra primavera bordada en oro— concentra la dimensión arquetípica del texto. En la imaginería junguiana, la primavera representa el ciclo de renovación vital, la promesa erótica y la resurrección psíquica. Es un arquetipo de comienzo. Sin embargo, aquí aparece desgarrado. Este detalle visual indica que el símbolo no ha fallado externamente: ha sido destruido por la propia experiencia interior. Jung sostiene que la crisis simbólica ocurre cuando la conciencia advierte que el significado que atribuía al símbolo era una proyección. El sujeto comprende entonces que el poder del símbolo provenía de su propia creencia. La protagonista atraviesa precisamente ese momento: descubre que la primavera no era una realidad sino una ficción psíquica que ella misma había tejido. El desgarramiento del estandarte es el desgarramiento de la ilusión.
La metáfora militar no se limita a un recurso estilístico; organiza la estructura psíquica del texto. La narradora se sitúa “a la zaga de un ejército rebelde y descontento”. Esta imagen sugiere que su interioridad está poblada por fuerzas que no controla. No es comandante de sí misma; es seguidora de impulsos contradictorios. Nancy permite entender este fenómeno como condición ontológica: el ser no es una unidad autosuficiente, sino una pluralidad en tensión. Existir es estar expuesto a lo que nos desborda. La protagonista descubre que su identidad no es soberanía, sino coexistencia de impulsos.
El odio que declara sentir hacia el estandarte y hacia los soldados es un punto de inflexión interpretativo. La emoción no se dirige únicamente al objeto decepcionante, sino también a aquello que la sedujo. Esta ambivalencia revela una estructura psíquica característica del choque con la sombra junguiana: el sujeto rechaza aquello que le pertenece pero no quiere reconocer. El odio funciona como mecanismo defensivo contra la autocomprensión. Admitir que el estandarte era una ilusión propia implicaría aceptar responsabilidad simbólica; odiarlo permite mantener la ficción de que el engaño vino de afuera.
En este punto la lectura butleriana ilumina la dimensión política del deseo. Los reclutas que marchan delante de la protagonista constituyen un espectáculo corporal que la fascina y la irrita a la vez. Son descritos como provocativos y burlones, y su marcha rítmica, casi coreográfica, convierte el espacio público en escenario. Butler ha mostrado que el género no es esencia sino actuación repetida. Los soldados ejecutan una masculinidad performativa: su caminar, su cadencia y su exhibición corporal producen el efecto de virilidad. La protagonista no sólo los observa; es interpelada por esa performance. Su reacción ambivalente evidencia que el deseo no es espontáneo, sino estructurado por códigos culturales que dictan qué cuerpos deben resultar atractivos.
La dimensión sonora del texto, intensifica esta lectura performativa. La cantinela absurda —“rimbó-cachimbo-ganso-descanso… piripí-ripí-descanso…” — convierte el lenguaje en ritmo puro. El significado semántico se diluye y queda la materialidad fonética. Barthes afirma que en ciertos textos el placer surge precisamente de esa materialidad sonora del lenguaje, donde el significante se independiza del significado. Aquí la onomatopeya reproduce el paso militar; el lenguaje marcha. La escritura imita corporalmente lo que describe, produciendo una correspondencia entre sintaxis y movimiento. El texto no representa la escena: la encarna.
El paisaje crepuscular refuerza la arquitectura simbólica. El sol aparece “depuesto”, verbo que introduce un matiz político: no se oculta, es destituido. El día termina como termina un reinado. Esta elección léxica transforma el atardecer en alegoría psíquica. El sol representa la ilusión que regía la conciencia; su deposición marca el fin de ese régimen interior. La caída de la luz coincide con la caída de la creencia. Jung interpretaría este momento como fase necesaria del proceso de individuación: la conciencia debe perder sus ilusiones para alcanzar una percepción más profunda de sí misma.
Desde Mignolo, el fragmento puede entenderse también como gesto de desobediencia epistémica. La protagonista intenta comprender lo que siente, pero su pensamiento no sigue una lógica racional lineal. Percibe mediante metáforas, imágenes, ritmos y asociaciones sensoriales. Su conocimiento es corporal. Este modo de percibir cuestiona el modelo moderno que privilegia la razón abstracta como única forma legítima de saber. Martín Gaite legitima otra epistemología: la del sentir interpretativo. Comprender no es analizar; es experimentar.
El motivo de la retirada adquiere así una dimensión filosófica. Retirarse no es retroceder, sino desidentificarse. La protagonista se retira de la narrativa imaginaria que había construido para sí misma. El acto de volver del parque equivale a abandonar una ficción subjetiva. La retirada es un gesto de lucidez dolorosa. En términos existenciales, se trata de un instante de autoconocimiento negativo: el sujeto sabe quién es porque descubre quién no era.
El texto revela, en última instancia, una verdad estructural sobre la subjetividad moderna: el yo se constituye en el momento en que pierde sus certezas simbólicas. La identidad no nace de la afirmación, sino de la desilusión. Martín Gaite convierte un episodio mínimo en una escena iniciática donde el deseo, el lenguaje y el cuerpo se revelan como construcciones performativas. Desde Jung, asistimos al colapso de un símbolo arquetípico; desde Butler, a la teatralidad del género; desde Barthes, a la productividad material del lenguaje; desde Nancy, a la exposición ontológica del sujeto; y desde Mignolo, a la legitimación de una conciencia encarnada que conoce a través de la experiencia sensible.
La verdadera acción del texto no es la marcha de los reclutas ni el paseo vespertino. Es el instante en que la protagonista comprende que aquello que creía vivir era una ficción simbólica. Ese reconocimiento —irónico, doloroso y lúcido— constituye la auténtica retirada: no del parque, sino de la ilusión.
Referencias
Barthes, R. (1973). Le plaisir du texte. Seuil.
Butler, J. (1990). Gender trouble. Routledge.
Butler, J. (2004). Undoing gender. Routledge.
Jung, C. G. (2008). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.
Mignolo, W. (2007). La idea de América Latina. Gedisa.
Mignolo, W. (2010). Desobedienciau epistémica. Ediciones del Signo.
Nancy, J.-L. (2017). Ser singular plural. Arena.